Me gusta respirar hondo y profundo y, al cerrar los ojos, volar con la imaginación a la infancia y trotar despacio por los recovecos de mi conciencia, tocando con mis manos las vivencias pasadas, las experiencias idas que se quedaron presentes en las circunvoluciones de mi cerebro.
Admiro a la gente que ayuda a la gente, que te da su mano franca, que busca el abrazo fraterno sin distingos de clase, de raza, de color; sin poses manifiestas.
Lo de ahora y el exceso de modernismo, no lo entiendo.

Vivo de manera intensa y quiero sentir lo que otros sienten, piensan, divagan.
Actuar como las gentes del campo, ser como ellos y entender tantas cosas que no entiendo, que no comprendo, pero que al mismo tiempo no quiero entender porque me aterra el desenlace.
Yo nací en el ayer, en medio de las viejas costumbres, y aprendí a caminar por senderos marcados por claroscuros y tormentas, por relámpagos y truenos.
Prefiero lo sencillo, lo sutil, lo de adentro, y si quiero expresar ese sentimiento que me quema y domina, que me recorre entero y fluye por mis venas, escribo.