Crónica a manera de prólogo
Un día de plaza en Altotonga
A Rogelio Padilla Ibarra, mi querido
compadre, que en más de una ocasión
recorrió este mercado conmigo.
El ruido estridente y monótono de los molinos de nixtamal, aunado al golpeteo de los cascos de las mulas y los caballos contra las redondas piedras de río de las calzadas, marca el inicio del nuevo día.
El pueblo amanece somnoliento, cobijado bajo un manto blanco de niebla, crudo, ausente, huérfano de recuerdos, tras una noche de juerga. El sábado hubo un ruidoso baile hasta altas horas de la madrugada, coronado de rencillas de borrachos, reclamos de enamorados y una serie de descargas de pistola que irrumpieron entre los sabrosos ritmos salseros que caldearon la noche y tiñeron de rojo la banqueta. Dos muertos y cuatro heridos, qué más da. Si no hay muertito, no sirve el baile.
Las torres de la iglesia de Santa María Magdalena, llenas de rocío que resbala por los azulejos de las cúpulas, son las primeras en romper la gruesa capa de nubes y asomar sus blancos perfiles a los rayos del sol, en un domingo mojado del mes de julio, lleno de nuevos sucesos; abajo, entre las losas del suelo, el chipi chipi sigue cayendo y se escucha el constante ruido del agua que se precipita desde los aleros de los techos a los charcos de la calle.
De repente, el tañer de las campanas y el sonido ladino del reloj de la torre norte dan la primera llamada a misa y anuncian, al mismo tiempo, la hora del día: las seis de la mañana. Con el estrépito, alzan el vuelo todos los pichones y golondrinas que habían pasado la noche guarecidos en las torres.
Del apacible silencio tempranero, envuelto en una bruma húmeda y persistente, van surgiendo, como figuras espectrales, de la confluencia de todos los caminos, gentes con su carga al hombro, mujeres con sus canastas a la cabeza, hombres tirando de sus mulas con los huacales llenos de aguacate y ciruela en dirección del mercado, porque hoy es día de plaza.
—Buenos días, ¿cómo amaneció su merced?
—Tantito bien, tantito bien. Ahí la vamos pasando, no nos podemos quejar, oiga usted.
Y tocando apenas la punta de sus dedos, los compadritos y comadritas se saludan y hacen una parada obligada en su caminar aprisa hacia las fondas, a saciar el hambre de la mañana.
—¿Digo? ¿Vas p’arriba o vas p’abajo?
Tras intercambiar un breve y ceremonioso saludo continúan su camino.
Altotonga es un puerto, dicen los geógrafos, y por ahí suben las nubes de la costa hacia el altiplano. Desparramado a través de una hermosa cañada, con un marcado desnivel de sur a norte, donde el sur es lo alto y el norte lo bajo, el caserío se extiende entre hondonadas y crestas de loma a lo largo de un kilómetro, enredado entre brazos de río y caídas de agua.
En las entradas del pueblo, por las cuatro calzadas —la del Paraíso, la del Centenario, la de Texacasco y la de Champilico— se forman numerosos grupos de compradores que acaparan las mercancías antes de que lleguen al mercado. El estira y afloja, el trueque y el cambalache se va dando desde el principio y la compra al mayoreo evita que se tenga que detallar en el mercado, en ocasiones, hasta el final del día.
Los mesones y las fondas abren sus puertas temprano y ofrecen un solaz respiro a los que, tras largas horas de camino, están cansados y tienen hambre. Dejan su carga en el suelo, toman un poco de resuello y se encaminan hacia la entrada.
“Comadrita, ¿cómo amaneció usted?”. “¿Ya bebió? Venga, pase usted, venga a beber”, y entre caravanas y reverencias hacia todos lados, se introducen en la fonda. Adentro, sentados sobre las rústicas bancas de madera, en delicado ritual, sopean el pedazo de pan dentro de un pocillo caliente y humeante que calma el frío de la mañana.
—Merezca usted, compadrito, merezca usted— y mientras beben café endulzado con piloncillo y sopean su pan, el día se aclara poco a poco al influjo de un aire tibio venido del sur que se lleva las nubes.
El sol calienta el pueblo y hace que suden las paredes al salir la humedad de los muros. El agua escurre por todos lados y el calor del día caldea el ambiente e infunde ánimo y entusiasmo a la gente que abarrota las calles en un constante ir y venir. De la nada surgen puestos de fruta, de flores, de verduras y por todas partes estalla una sinfonía de colores, olores y ruidos; el leve murmullo de los saludos tempraneros crece hasta convertirse en un zumbido que envuelve la atmósfera de la plaza.
—Pásele, pásele, que no le cuenten, que no le digan, aquí está su yerbero. Pásele, pásele. ¿Tiene usted insomnio, no puede dormir?, ¿sufre usted de piedras en la vesícula?, ¿padece usted reuma, asma, tos, el bronquitis crónico? Pásele, con confianza, aquí tenemos la yerbita que le aliviará su mal de manera natural, sin las odiosas molestias de una inyección o un largo tratamiento— grita con denuedo “el doctor en herbolaria”, frente a un nutrido grupo de mirones que escudriñan, entre tanta yerba regada por el piso, los papelitos donde dice yerba del golpe, ruda, árnica, manzanilla, yerbabuena, gobernadora, para el mal de orín, para la diabetes, para los jiotes, para el mal de amores. De todo y para todos. Todo se cura.
Al lado del yerbero, en un corral improvisado hecho con rejas de madera, chillan treinta lechones, entre los que predominan los blancos con el rabo enroscado.
—A cien pesos, a cien— pregona una marchanta envuelta en un rebozo de vivos colores. Los miran, los escogen y al comprarlos, les colocan un listón rojo en el cuello para que no les hagan ojo.
Ya a media mañana, al filo de las diez, las calles aledañas al mercado se encuentran repletas de puestos, de gentes, de manteados de esquina a esquina y el rumor de sus voces vibra por encima de los techos de teja y rebota entre las paredes en busca de una salida hacia arriba. Se puede comprar o vender y se acepta el regateo. Hay quien vende desde una reja de ciruela, una canastita con manzanas, una cubeta llena de capulines, un costal de tunas, un huacal repleto de aguacates, hasta una huerta entera.
De Tlapacoyan y Martínez de la Torre, tierra caliente, llegan los cítricos: naranjas, limones, mandarinas, tangerinas y toronjas. También se consigue plátano de San Rafael en sus diversas variedades: dominico, roatán, manzano, blanco o macho para freír y tabasco. Se encuentra en abundancia el mamey, la papaya de la zona de Paso de Ovejas, los mangos de Actopan y de la cuenca del Papaloapan y, de la lejana Loma Bonita, Oaxaca, las piñas.
Se venden semillas de todo tipo: para consumo humano, para forraje y para siembra. Del altiplano, del estado de Puebla, arriba toda la verdura: jitomate, lechuga, zanahoria, col, brócoli, coliflor, tomate de cáscara, cebolla y toda una amplia gama de legumbres. De las faldas del Cofre de Perote, de los llanos de Magueyitos y Orilla del Monte, llega la papa recién sacada en cajas y arpillas que huelen a tierra.