Comentarios y reflexiones preliminares
Los títulos largos no me gustan, pero tampoco se me da mucho lo breve, y tras varios días de meditarlo, creo que este pequeño ensayo tiene que llevar ese título por largo o cantinflesco que parezca, porque el tema que pretendo abordar es precisamente ése, aunque peque de repetitivo, porque en verdad a mí, por lo menos, me aterra el hecho de que la generalidad de las personas no sepa o no quiera saber nada que no tenga que ver con su mundo inmediato, con su círculo circunstancial, porque finalmente, lo que pasa hoy tuvo un antecedente y éste, a su vez, un principio. Así nos podemos remontar hasta la causa no causada, pero no es mi intención derivar a la filosofía y mucho menos a la teología.
Hoy es un día como cualquier otro, pensé el pasado jueves 19 de junio de 2008, lleno de cosas que hacer, dentro de la intrascendencia en que caminamos y la monotonía que nos devora esperando dar la vuelta al calendario una y otra vez. ¿Por qué? No sé, tal vez porque la cotidianidad se estereotipó y volvió costumbre y lo que sucede ya ha pasado una y mil veces. ¿Será…?, me cuestiono y no encuentro respuesta al hastío. Antes de salir a caminar por la calle, situación que tenía prevista para resolver algunas cuestiones relacionadas con mi trabajo, estuve, durante un rato por la mañana, hojeando los diarios y echando un vistazo a dos o tres revistas, y al igual que los noticieros de la televisión, la noticia dominante era la misma. ¡Qué barbaridad!, pensé, las páginas se tiñen de rojo como cuando antaño, en los sesenta, al tomar el camión de regreso de la escuela, en la esquina, en la estantería de periódicos, el Alarma exacerbaba los crímenes o alguno que otro acontecimiento grotesco que la vida le jugaba a más de uno. Sí, me digo a mí mismo recordando aquellos años, pero aquellos eran pasquines, lo más vendible de la página roja. Ahora la prensa entera es una página roja, pero muy roja, diría escarlata de tanta sangre petrificada que no alcanza a secarse, pues apenas en la mañana aparecieron tres cuerpos decapitados en un lado, ya para el mediodía yacen otros ocho más mutilados dentro de un vehículo, y en la tarde aparecen otros cinco con el tiro de gracia en la frente. ¡Qué más da!, pareciese que la demanda de tanta sangre que nos salpica sigue y sigue, reflejada en las primeras planas de los diarios ante la indiferencia de los transeúntes; mañana, después de colgar en los expendios de periódicos, envolverá la verdura o la fruta de algún puesto callejero ávido en vender algo para sacar lo del día y, al menos, comer. Lo que hoy es noticia, al rato ya no, simplemente es algo que pasa, está sucediendo y de tanto que acontece ya no queremos ni acordarnos.
Ayer, medité ese jueves 19 de junio, en compañía de mi amigo Ignacio Javier Martín Sánchez, brillante escritor, excelente poeta, nos invitaron a dar una charla de fomento a la lectura en una secundaria técnica de nombre memorable “Carlos Pellicer Cámara” y ahí, un mozalbete de escasos dieciséis años, por cierto de nombre Alfredo, me dio una respuesta que todavía vengo rumiando al paso de los días y todavía no digiero. Esa mañana, al cuestionarle sobre si leía los periódicos y veía las noticias en la televisión, se me ocurrió preguntarle qué le parecía la precampaña demócrata en Estados Unidos y cuál era su opinión sobre la figura de Hillary Clinton, y ante mi asombro, con un dejo de enfado, me respondió: “No sé quién es esa señora”. ¿No sabes quién es?, le insistí. “No –me respondió tajante–, no sé y no me interesa”. ¿Y por qué no te interesa?, volví a la carga. “Pues porque a mí no me interesa saber quién es ella; mientras no me afecte a mí, a lo que hago y en donde vivo, no me importa saber nada de esa tal Hillary Clinton”, y se quedó tan tranquilo.
El metrobús me trajo hasta el paseo de la Reforma y ya ahí, antes de que comenzara a llover, me aventuré a caminar entre sus amplios andadores al abrigo de vetustos árboles e inamovibles estatuas. Al pasar frente a una de ellas la curiosidad me detuvo –motivo especial de mi caminar por esa avenida y a esa hora– y pude leer, entre las oxidadas letras de la placa de bronce, “Ponciano Arriaga”; más adelante encontré otra en la que podía leer “Francisco Zarco” y otra más decía, por entre la pátina del tiempo que amenazaba con borrar las letras, “Santos Degollado”. Vaya, pensé en ese momento, ha valido la pena venir; y comencé a tomar nota, al tiempo que me senté en una de las monumentales bancas de piedra con sus rosetones y balaustradas de cantera, desde donde alcanzaba a distinguir, a lo lejos, sobre una estructura metálica, el letrero que consignaba mi ubicación en ese preciso instante: Paseo de la Reforma.
Reforma, me cuestioné a mí mismo, es más que el nombre de una calle, ¡y vaya calle!, pensé, tal vez la más hermosa de la ciudad, y al igual que Insurgentes y otras más, se repite en otras tantas ciudades. Y cómo las estatuas y monumentos diseminados a lo largo y ancho de nuestro país están ahí como testimonios mudos de nuestro pasado, como llamada de atención de que como pueblo debemos tener memoria, y que el hecho de estar parados en esa avenida o calle o frente a determinada estatua implica que varias generaciones que nos antecedieron hicieron su trabajo, su parte en la difícil secuencia histórica de la vida. Y ante todos estos cuestionamientos volví a preguntarme: ¿Algún día, durante algún instante, habrá alguien o quienes –dentro de los veinte millones de habitantes que poblamos esta ciudad y su zona metropolitana– se acuerden que Reforma no es tan sólo el nombre de una calle? No vayan a resultar como el jovencito adolescente, que en tanto y cuanto no nos afecte en nuestro entorno no nos interesa. Bueno, pensé, por lo menos a mí sí me interesa, sé lo que es y significa y tan me interesa que estoy aquí sentado, como también me interesa, y no lo puedo apartar de mi mente, el hecho irrefutable de que como Alfredo hay millones y millones de mexicanos para quienes la Historia es una asignatura que debieron aprobar al cursar la educación formal que se imparte en las escuelas del país y nada más.
La Reforma, ¿quién se acuerda de la Reforma? Y no me refiero a la avenida, ni al periódico, ni mucho menos a la que emprendió Martín Lutero en el siglo XVI, sino al movimiento ideológico que planteó un cambio en la relación Estado-Iglesia que imperaba en el México de la primera mitad del siglo XIX. ¿Se acuerdan?.
–Sí, del jacobino de Juárez, que quiso acabar con los curas. ¡Y tan buenos que fueron ellos con él! Si hasta el señor Salanueva, su tutor y padrino, era cura –nos comentaba mi maestro de segundo año de secundaria, el celebérrimo Celerino Salmerón, autor de Las Grandes Traiciones de Juárez–. Bueno, algo es algo, y al menos de manera distorsionada y confesional, recordé, sabíamos que en la Historia de México a una época se le conocía con el nombre de La Reforma.
¡Qué tiempos aquellos!, los de fines de los cincuenta y principios de los sesenta, cuando transité de la primaria a la preparatoria. En esa época todavía desataba pasiones y avalaba posturas “La Guerra de Reforma” y Juárez era satanizado por más de uno, y conste que del hecho ya habían pasado cien años. Pero ¿qué son cien años en la historia de un pueblo? Y como para no perder la memoria histórica se reeditó el libro de Francisco Bulnes, El Verdadero Juárez. Ahora, con trabajos, las nuevas generaciones saben algo, ¿de qué?, no lo sé, pero algo sabrán por lo menos y yo trataré, en estas páginas, en la medida de mis posibilidades, de explicarles, si me lo permiten, un poco en qué consistió ese movimiento ideológico, guerra civil o transformación de la sociedad mexicana, porque revisando la prensa periódica de hoy en día, plagada de nota roja, me llama la atención la serie de descalificaciones, reproches, críticas, toma de posturas y “poses”, diría yo, entre la tan llevada y traída clase política, que no sé qué tanta clase tiene, si la tiene, pues tal parece que la política no es otra cosa que estarse atacando unos a otros y, como se dice coloquialmente, “llevando agua a su molino”. Realmente es sorprendente comprobar cómo el inmortal Nicolás Maquiavelo no se equivocó al escribir su famosa obra El Príncipe, porque ¡vaya que el poder atrae, corrompe, desestabiliza!, y quienes lo detentan o lo desean hacen hasta lo imposible por asirse a él, por hacer de él y su ejercicio una forma de vida. Así vemos en nuestro país, en la actualidad, cómo al caer o resquebrajarse la antigua estructura unipartidista, los que antes eran priistas, con la mano en la cintura se vuelven panistas o perredistas o logran el consenso de dos o tres partidos y se lanzan a la gran aventura de obtener el poder, de mantenerse en él y si se puede, ¿por qué no?, perpetuarse ahí. De tal suerte tenemos senadores que ya lo han sido dos o tres veces y antes de eso ya habían sido diputados federales o locales; hay quienes habiendo sido gobernadores, ahora son diputados o senadores y se erigen en coordinadores de sus fracciones parlamentarias, por lo menos de las bancadas de sus entidades federativas. ¿Ideología?, ¿congruencia?, ¿mesura? ¿Quién habló de eso? Lo importante es tener la sartén por el mango y estar, como vulgarmente se dice, “dentro del ajo” y pertenecer a esa clase política de la que tanto se habla y que ahora, frente a 2010, se encuentra con el predicamento de celebrar el bicentenario del movimiento de Independencia y el centenario de la Revolución al unísono, y con tanto prócer deificado y otros tantos olvidados, que son los más, ya no saben qué hacer, en especial el gobierno en turno, de filiación panista, porque no hay que olvidar que las raíces de éste se identifican más con la derecha, con el conservadurismo, con la clase política que hasta hace ocho años se conocía como la reacción.
Que si la elección en 2006 fue legal o no, que si el IFE no sirve a los intereses no sé de quién, pues sencilla la cosa: que cambien a los consejeros por otros que me acomoden más; el legítimo soy yo, el espurio es él. Que si privatizan Pemex o no, ¿y qué con las “Piridegas”?, ¿cuántas refinerías se han reconfigurado a la fecha? ¡Privatizar!, que verbo tan feo, ¿quién lo conjuga? Hay que reactivar el Plan Puebla-Panamá; entrarle a la Iniciativa Mérida; diversificar los mercados y buscar clientes en Asia; combatir al crimen organizado; salvar a México. ¿Salvarlo?, ¿salvarlo?, ¿de quién? Pues de los mismos mexicanos, de su ignorancia histórica generalizada y de la abulia endémica por saber, por enterarse, no obstante que paradójicamente, sin estar casado con el determinismo, en este país los ciclos se abren y cierran y recurrentemente dan la vuelta, porque un cambio genera otro cambio y éste engendra diferentes desenlaces, muchos de ellos, en el mejor de los casos, no previstos. Alguien decía por ahí vox populi que el criollo ilustrado jugó al independentista y le cedió la estafeta al ciudadano liberal clase media que le apostó a la Reforma, a la secularización de la sociedad y del Estado que dio paso a la modernidad, a las inversiones, al hacendado porfirista, a la cristalización de ese liberalismo que derivó en un despotismo ilustrado, la polarización de la sociedad y el estallido de la Revolución, que a su vez, después de un tortuoso camino, se institucionalizó y se hizo gobierno durante más de setenta años y que ahora, en los albores de su centenario, se reacomoda, cede la estafeta y, dentro del pluripartidismo, trata de transitar por los avatares de la democracia; ojo, de la democracia liberal, ¿o es qué existe otro tipo de democracia?.
¿Por qué en México las discusiones decimonónicas siempre son en torno a problemas políticos, a problemas y cuestiones de índole ideológica, a cuestiones como “centralismo o federalismo”, “Sufragio Efectivo No Reelección”, “democracia”, “libertades políticas”, libertades. ¡Libertades!, ¿de qué y para qué?, ¿para cambiar qué? El cambio por el cambio. ¿Alternancia en el poder? ¿Para qué? Y así sucesivamente podríamos pasarnos horas, días, analizando la sinrazón y la razón de esa eterna lucha iniciada el 16 de septiembre de 1810 y que, etapa tras etapa, se complica, duplica y se vuelve más compleja, porque la solución de un problema social trae aparejado consigo mismo uno y otro problema más y parece un juego que nunca se acaba. Un ejemplo de este complejo problema lo encontramos, por citar uno de los más representativos dentro de la vida del país, en las políticas sanitarias que aplicaron los gobiernos emanados de la Revolución, que abatieron el índice de mortalidad pero, al mismo tiempo, generaron el crecimiento desmedido de la población. A principios de los sesenta, México tenía 34,923.1 millones de habitantes y en 2000 la población se había triplicado a 97,483.4 millones, trayendo aparejado toda una serie de problemas estructurales y de servicios, como demanda educativa, vivienda, desempleo, proceso de urbanización, descapitalización del campo, empobrecimiento de grandes masas de población, crecimiento desmedido de fenómenos como la emigración, cinturones de miseria en torno a los grandes centros urbanos, todo como consecuencia de la imposibilidad del sistema económico de generar riqueza y del reparto equitativo de ésta.
La instauración de un sistema político, que obviamente conlleva la adopción de un sistema económico del cual depende en gran medida, no soluciona per se los problemas de una sociedad y hasta la fecha, la historia misma de la humanidad –parafraseando al inmortal Carlos Marx, dígase lo que se diga, se esté de acuerdo o no– ha sido en gran medida la de la lucha de clases; se tenga conciencia de clase o no, el hecho irrefutable es que ahí están. ¿Acaso las grandes revoluciones de la humanidad como la Francesa, la Mexicana, la Rusa y la China, por mencionar las más relevantes, se han generado por el azar?.
Hay un pensamiento de Ponciano Arriaga, prócer indiscutible de la Reforma y precursor del pensamiento agrario mexicano, plasmado en su famoso Derecho de Propiedad, voto del señor Ponciano Arriaga, expuesto a los constituyentes el 23 de junio de 1856, en que pone sobre la mesa la constante interrogante que el hombre se hace respecto a las desigualdades sociales y a cuál es la solución: Ese pueblo no puede ser libre, ni republicano, y mucho menos venturoso, por más que cien constituciones y millares de leyes proclamen derechos abstractos, teorías bellísimas, pero impracticables, en consecuencia del absurdo sistema económico de la sociedad. Esta verdad indiscutible que apunta Arriaga, basada en hechos reales y en especial en la desigual distribución de la propiedad en el México del siglo XIX, que generaba una situación de miseria, desigualdad e inestabilidad para la vida institucional del Estado, siguió generando una serie de problemas que desencadenaron, cincuenta y cuatro años más tarde, inmerso dentro de la vorágine de la Revolución, el movimiento de Emiliano Zapata en 1910, que tenía como lema Tierra y Libertad.
Pregunto: ¿hoy en día, la promulgación de nuevas leyes, códigos, reformas a la varias veces reformada Constitución de 1917, ha cambiado las condiciones socioeconómicas del país? Obviamente el México de 2008 no es el mismo que el de la época de la Reforma, hay una distancia de 150 años, guerras civiles, intervencionistas, una revolución, un conflicto cristero, un periodo posrevolucionario largo y tortuoso de por medio; la creación, ascensión y desplome de un partido político único, la aparición del pluripartidismo, la apertura democrática y el afianzamiento de las libertades ciudadanas, la entrada del país a la globalidad. ¿Y qué? ¿Han cambiado de raíz las condiciones socioeconómicas de la población, de esa población a la que se refiere Arriaga? Vaya problema complejo, no sólo de resolver sino de contestar de manera acertada, so pena de que se me tache de pesimista o diletante. Bueno, pues la respuesta a ésta y a más interrogantes que se han sucedido en 150 años de vida institucional como nación, como país, como Estado preocupado por implantar un Estado de Derecho la encontramos precisamente en la Historia, ciencia dinámica, cambiante y en constante transformación puesto que está atenta al desenvolvimiento de la vida del hombre en sociedad y, conjuntamente con las llamadas ciencias sociales, estudia el presente de la humanidad, pero para entenderlo, necesitamos conocer nuestro pasado, aprender de nuestros errores y aciertos y saber en qué fallamos, por qué las cosas no cambian, por qué evolucionan de tal o cual manera, cómo nos afectan, cómo enfrentar los nuevos retos que nos depara el porvenir.
Es más que cierto que si la humanidad navega dentro de un océano turbulento llamado “capitalismo” y, como bien lo sabemos, el liberalismo como ideología justifica al capitalismo como sistema económico, nuestros males se desprenderán de esa raíz a la que no hemos sido capaces, si no de erradicar, al menos modificar, a pesar de miles de años de evolución y conocimiento acumulado. De ahí que un hecho social convertido en fenómeno social genere a su vez otros hechos sociales que al pasar del tiempo desencadenarán subsecuentes fenómenos sociales en que nos veremos inmersos. Pero ¿acaso no es importante estar informado, saber lo que pasó y poder prever lo que posiblemente pasará? ¿O tal vez tratar de llevar a cabo un cambio que modifique el presente? ¿Nos compete? Claro que nos atañe a todos y a cada uno de los seres humanos conscientes, a cada ciudadano responsable del momento histórico que vive. Y toda esta complicada situación, que parece una madeja indescifrable, arrojará luz a nuestro conocimiento y entendimiento si nos preocupamos por saber, aunque sea un poquito, de Historia, porque todos estos planteamientos no son ni deben ser preocupación exclusiva de los intelectuales, sino de todos y cada uno de nosotros.
¿Utópico? ¿Soñador? ¿Controvertido? Tal vez, pero no ajeno al desenlace de nuestra sociedad, de nuestro transitar por la vida. Estar informado se vale, es un derecho inalienable, afirman quienes se refieren a la prensa periódica o a las cadenas noticiosas en los medios electrónicos, a la información que el Estado está obligado a proporcionar a los ciudadanos; con mayor razón es prioritario conocer, saber un poquito de historia o, como se dice, saber dónde estamos parados, entender nuestro entorno social, medir las consecuencias de las acciones políticas, poder comparar, aquilatar, sopesar. Somos seres humanos, gregarios, sociales; tenemos la necesidad de saber, de preguntar, de explicarnos o, por lo menos, saber que estamos haciendo un esfuerzo por entender lo que acontece a nuestro alrededor.
En julio de 2009 se cumplirán 150 años de haberse publicado las Leyes de Reforma en el puerto de Veracruz, sede del gobierno liberal que encabezaba don Benito Juárez García, a la sazón presidente interino de la República; leyes que le dieron a México la posibilidad de transitar a la modernidad, de transitar en la vida cotidiana a través de la laicidad, de afianzar el poder del Estado y sus instituciones sobre cualquier otro poder. En ese momento, decisivo para la historia de México, se consolidó el Estado como tal, la República, la división de poderes, los tres niveles de gobierno, el sentido y la concepción de federalismo. Analicemos pues, aunque sea de manera superficial, esa época en que se definió la historia de nuestro país, comenzaron a tomar forma conceptos como democracia, soberanía, nacionalidad, federación y, por encima de todo, se impuso el concepto de legalidad basado en la aplicación de la ley, aunque esta ley o leyes, como bien lo apuntó Ponciano Arriaga desde 1856, no sean la panacea por sí solas. Está bien claro que debajo de estas inquietudes y preocupaciones de varios de los liberales subyacen teorías y concepciones medulares acerca de la estructura misma del sistema, de su viabilidad y contradicciones y de la justicia social en especial. Hay estudiosos que se cuestionan cómo estando tan presente en el ánimo de este grupo de liberales la problemática del acaparamiento y tenencia de la tierra, todo esto no derivó en la promulgación de una reforma agraria, sino que hubo que esperar 54 años para ello.
El momento y las circunstancias no fueron el momento preciso. Primero había que realizar la separación de la Iglesia y el Estado, fortalecer el régimen republicano y afianzar la Federación y, ante todo, apuntalar dentro de la legalidad a ese endeble Estado que en varias ocasiones estuvo a punto de sucumbir ante la guerra civil y las ambiciones anexionistas e imperialistas como las de 1847 y 1848, así como la incursión francesa y el Segundo Imperio de 1864 a 1867.
Para terminar estas consideraciones preliminares no quisiera dejar pasar el comentario certero de Silvestre Moreno Cora, notable jurisconsulto que entre 1898 y 1902 se desempeñó como Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y que dadas sus altas miras humanas trascendió y superó las discusiones decimonónicas que se daban en torno a los pros y los contras entre quienes justificaban o a la corriente liberal o a la conservadora, situándose más allá de la encarnizada crítica y toma de posturas radicales, sobre todo con conocimiento de causa puesto que había vivido en carne propia el movimiento de Reforma y sus repercusiones en la sociedad de su tiempo:
| Muchos hombres públicos, creyendo de buena fe que los males de la nación dependían de la forma de gobierno federal que se había adoptado, se decidieron por el centralismo –apunta don Silvestre–. Se creía que la Federación protegía las tendencias anárquicas porque cada estado se creía una pequeña nación independiente y que el centro se veía debilitado en demasía. No he de olvidar lo que más tarde oía yo decir a los viejos de mi tiempo, quienes criticando que al imitar a los Estados Unidos se hubiese adoptado la forma de gobierno federal, decían que no es la mejor levita la que ha sido bien cortada, sino la que mejor se aviene al cuerpo de la persona para quien se ha mandado hacer… y no faltaban quienes se burlaran de la imitación de la forma de gobierno de los americanos, diciendo que ellos, estando separados al hacer su independencia, se habían unido y nosotros, que estábamos unidos, pretendiendo imitarlos nos habíamos separado. |
Este comentario que don Silvestre hace en sus memorias es lo suficientemente claro como para entender que el aspecto entre centralismo o federalismo, sin satanizar ni glorificar a nadie, era más bien una cuestión de forma; lo que sí era un impedimento y un freno para cualquier tipo de negociación entre ambos bandos era, sin lugar a dudas, el peso que el clero y la Iglesia tenían en el bando conservador pretendiendo mantener el statu quo intacto, defendiendo a toda costa su posición e intereses. Las convicciones políticas de cada quien, la fe en sus creencias y postulados, aunado al momento histórico que se vivía, hicieron que el apasionamiento se apoderara de ambos y las distintas visiones de país que tenían tanto liberales como conservadores se dirimieran no sólo en el campo de las ideas, sino en el de las armas, con la ingerencia directa del clero católico y sus intereses. Un ejemplo claro de lo que apunta Silvestre Moreno Cora es el hecho de que personajes públicos como Miguel Lerdo de Tejada o el mismo Valentín Gómez Farías servían al país, incluso bajo la presidencia de Antonio López de Santa Anna, del cual en dos ocasiones, por ejemplo, don Valentín Gómez Farías fue su vicepresidente. O el caso de Miguel Lerdo de Tejada, que siendo Ministro de Fomento con Santa Anna fue quien lanzó la convocatoria para la composición del himno nacional en 1853, siendo él mismo, también, quien el 26 de junio de 1856 publicara la Ley de Desamortización de Bienes de la Iglesia y Corporaciones.
Lo que sí es irrefutable es el hecho de que el México de hoy es el resultado de la evolución social y política por la que ha transitado el país. Cada época, cada momento histórico tuvo su razón de ser y en ese acomodo y reacomodo social a que está expuesta toda sociedad dentro del contexto mundial intervinieron miles de factores externos e internos, ideas, propuestas. Lo que hoy nos parece bien, acertado y correcto, tal vez dentro de cien años nos parecerá anacrónico, obsoleto. Un ejemplo palpable de esto lo es por ejemplo y sobre todo, referido al movimiento de Reforma, la famosa Epístola de Melchor Ocampo, que el juez leía a cada pareja que contraía matrimonio. Hoy es inoperante, incluso ofensiva si la vemos desde el punto de vista de la equidad de género, puesto que tiene una inclinación claramente “machista”; en su momento cumplió un propósito, era lícita y bien vista, hoy ha dejado de leerse a quienes contraen matrimonio; entonces era una manera de sacralizar y dignificar el matrimonio civil, que también en su momento era casi una acción descabellada y que distaba mucho de ser una buena costumbre. Todo es cuestión de tiempo; sí, de ciento cincuenta años nada más. Ojalá y no se nos vaya el tiempo y dejemos pasar la vida sin tener la curiosidad de saber, aunque sea un poquito, de historia. Y cuando nos sentemos en un parque frente a una estatua o transitemos por una calle cuyo nombre nos llame la atención, sería muy bueno que nos diera por investigar, por saber quién fue y qué hizo, ¿no creen?.
* Nota: Ensayo y escritos que reflexionan en torno a la Reforma y sobre algunos de los más notables de sus próceres, como un pequeño homenaje del autor tanto al movimiento de Reforma como a sus próceres, en el CL Aniversario de la publicación de las Leyes de Reforma. |