Palabras pronunciadas por Fernando de la Luz Bello Morín, (Fernando de la Luz, como escritor) en la ceremonia de develación del busto del ilustre altotonguense general y presbítero Francisco Javier Gómez Bello, en Altotonga el martes 14 de septiembre de 2010.
Muy buenos días a todos, en especial a los niños y sus maestros aquí presentes que le dan realce a esta ceremonia; agradezco al señor presidente municipal y a los distinguidos miembros de su comuna, la oportunidad de poder dirigirles unas palabras con motivo de la develación del busto del ilustre altotonguense general y presbítero Francisco Javier Gómez Bello, criollo nacido en las postrimerías del siglo XVIII en esta población y fallecido en la ciudad de Xalapa en 1854, cuya vida estuvo dedicada al servicio de la patria, de los altotonguenses y, finalmente, de sus feligreses. Al contrario de la gran cantidad de presbíteros, tanto criollos como mestizos, que tomaron las armas en busca de la independencia, él optó por la carrera religiosa una vez que consideró que había cumplido como militar y como ciudadano con la patria, solicitó la licencia de rigor y el 7 de julio de 1838 el ministerio de Guerra y Marina le concede la baja definitiva del ejército, ingresando de esta manera al seminario en la ciudad de Puebla para ordenarse sacerdote. No obstante haber profesado con la orden de los Vicentinos, él pidió ser cura diocesano para poder servir a sus coterráneos y solicitó ser el cura coadjutor de Atzalan, ejerciendo su vicaría aquí en Altotonga desde el año de 1843 hasta que, en 1850, fue designado por el obispo de Puebla párroco propietario de la Parroquia de Atzalan, adonde pertenecía Altotonga.
Hoy, si me lo permiten, con motivo de esta emotiva ceremonia quisiera hacer algunas reflexiones con ustedes respecto a la importancia de este acto y su significado, en el cual se le hace justicia y se saca del olvido a un altotonguense que se entregó en cuerpo y alma al servicio de las causas más nobles a que puede consagrarse un ser humano: a la patria y a sus semejantes.
156 años han transcurrido desde la muerte de Francisco Javier Gómez Bello para que un Ayuntamiento constitucional de su pueblo le haya reconocido como prócer de la consumación de la independencia, héroe de la defensa de la villa de Córdoba en mayo de 1821 e integrante de la Decimoprimera División del Ejército Trigarante junto a sus amados “Libres de Altotonga”, como se conocía a la milicia urbana que en 1816 se formó con hijos de este pueblo para defenderlo de los posibles ataques de bandoleros que, haciéndose pasar por guerrilleros, asolaban a la generalidad de los pueblos de Nueva España en ese estado de guerra civil que imperaba en el país desde 1810 y que no cesó sino hasta el 27 de septiembre de 1821, cuando se consumó la independencia del país.
Por decreto del 23 de septiembre de 1932, girando una circular a todas las autoridades del estado, el entonces gobernador de Veracruz, Adalberto Tejeda Olivares —lo asienta el connotado historiador altotonguense Miguel Baltazar Vázquez— ordenó que a todas las poblaciones y rancherías del estado que tuvieran nombres de santos o referencias religiosas se les cambiara el nombre; así la tradicional Congregación de Santa Cruz pasó a ser Francisco Javier Gómez sin más, de no ser por este hecho, la memoria de quién fue o qué hizo se hubiera extinguido por completo. Parece ser que el nombre de la Congregación y el casco de la antigua hacienda de Santa Cruz prevalecieron en el tiempo para que algún día se hiciera justicia; ese día ha llegado, el 14 de septiembre de 2010, y ustedes, señores integrantes del H. Ayuntamiento Constitucional de Altotonga 2008-2010, pasarán a la historia como el primer ayuntamiento en reconocer la labor de Francisco Javier Gómez Bello.
Les decía hace un momento que si me permitían reflexionar con ustedes y mi digresión va en este sentido, en días pasados, el Mtro. Mariano Azuela Guitrón, ministro retirado de la SCJN en un evento donde se evocaba la importancia de rescatar la memoria histórica de los pueblos, nos remitió al libro “Otras Inquisiciones”, del inmortal Jorge Luis Borges, donde entre sus páginas se encuentra el extraordinario relato “La muralla y los libros”, que narra los afanes del emperador Shih Huang Ti, rey de Tsin, por borrar el pasado de su pueblo, sus instituciones, su cultura, para que toda la historia de China, desde la muralla hasta el lenguaje, iniciara con él. Esta obsesión lo llevó a buscar el elíxir de la inmortalidad, a ordenar la ejecución de su madre y a intentar borrar todo el conocimiento que le precedía, incluyendo a Lao Tse y Confucio.
Y así como esta anécdota que les he platicado, de intentos por destruir la cultura, también la historia nos da muchos ejemplos. Recordemos la quema de la biblioteca de Alejandría, ordenada por el califa Omar, con el argumento de que si los libros decían lo mismo que el Corán debían desecharse por superfluos, o si decían algo diferente, debían desecharse por falsos. Otro ejemplo más cercano lo tenemos en Diego de Landa, quien infundido por un celo extremo en su labor de evangelización decidió quemar los códices mayas. En todos los casos mencionados, desde la antigua China a la península de Yucatán, la pérdida documental significó el menoscabo de identidad, de valores, de pasado. Significó el olvido y el alejamiento, en lugar de la memoria y la identidad, que son consustanciales del ser humano.
Hoy en este acto que nos reúne, la exhortación a que me mueven estos relatos es a que refrendemos nuestro aprendizaje alrededor de la historia, a que reconozcamos las aportaciones de las personas que nos antecedieron en la construcción de nuestro país, de nuestro estado, de nuestra comunidad y sepamos difundir con orgullo los acontecimientos memorables de nuestro pueblo, de nuestro terruño; que no se hable de Altotonga sólo cuando se abordan problemas de inseguridad, de narcotráfico, de actos violentos; que nuestros jóvenes conozcan a fondo nuestras raíces, nuestra historia, que estén orgullosos de haber nacido en esta tierra pródiga y fecunda, cuna de muchos hombres ilustres que en infinidad de campos han dado la batalla por México y la siguen dando.
Francisco Javier Gómez Bello debe ser un ejemplo para nuestras juventudes, para nuestra niñez y si por azares del destino lo teníamos en el olvido, saquémoslo a la luz pública. Que todo mundo sepa en Altotonga que Gómez era amigo de Guadalupe Victoria, de Nicolás Bravo, de Vicente Guerrero; que conoció a don Andrés Quintana Roo y a su esposa, doña Leona Vicario, a los corregidores doña Josefa Ortiz de Domínguez y don Miguel Domínguez Alemán, con quienes se reunía, precisamente en la casa de éstos, ubicada en la calle del Indio, para conspirar contra el imperio de Iturbide, con personalidades como Guadalupe Victoria, Vicente Guerrero e Ignacio López Rayón, entre otros; que estuvo presente en la toma de posesión de Guadalupe Victoria como primer presidente de México el 10 de octubre de 1824 y que, antes de eso, desfiló al frente de sus “Libres de Altotonga” por las calles de la ciudad de México, el 27 de septiembre de 1821, celebrando la consumación de la independencia; que el 24 de marzo de 1821 proclamó su adhesión al Plan de Iguala en lo que hoy es esta plaza, cuyos terrenos fueron donados por él, así como el de donde hoy se erige la casa municipal; que todo mundo sepa que siendo vicario de Altotonga fue de los primeros ciudadanos en celebrar la gesta de Hidalgo siguiendo las recomendaciones de Morelos en “Los Sentimientos de la Nación”. Que toda su vida luchó a lado de los más humildes, que siendo párroco de Atzalan construyó un orfanatorio para niñas indígenas, que le dedicó sus mejores años a la patria y combatió en varios frentes de batalla por la República y las libertades, que fue un hombre congruente, convencido de sus principios y que nunca claudicó ante las adversidades que le planteó la vida.
Yo los invito a que nos interesemos por su vida y obra y que al rendirle a él este merecido homenaje, se lo rindamos a los cientos de altotonguenses que ofrendaron su vida por la patria.
Recordemos, queridos conciudadanos, que los archivos históricos son la memoria de la humanidad. En ellos se encuentra la explicación de lo que somos y la potencialidad de lo que podemos ser. Conocer la historia nos ayuda a entender los problemas actuales, afianza nuestra identidad, recompone la certeza de un sentido colectivo de las cosas; en este caso, el sentido que los mexicanos hemos impreso a nuestra nacionalidad, tantas veces puesta en duda por seudointelectuales que tratan de medrar en el ánimo y el futuro de nuestra patria. Hoy más que nunca tenemos que encontrarle sentido a nuestra patria, a nuestros valores y principios e infundir en nuestros hijos el cariño por nuestro terruño.
A través del conocimiento del pasado se puede rescatar la visión de los vencidos, reinterpretar la de los vencedores y, con ambas perspectivas, construir un futuro para todos donde no tenga espacio la derrota ni la segregación. Por tal motivo, por esa labor de conciliación de visiones, en la historia se encuentra el fundamento de la pluralidad, pilar de la democracia.
En este tiempo, en el que la originalidad propia de cada persona se diluye en la masa, en esta época de pérdida de identidad cultural, es preciso marchar en dirección opuesta. No queremos ver hogueras alimentadas de libros como las que ardieron en China, en Alejandría o en la península de Yucatán. No queremos ver desmoronarse instituciones y olvidar los esfuerzos de las personas que las edificaron. No queremos ciudadanos apáticos, disidentes de la cultura. Queremos y debemos conocer nuestro pasado, para entender nuestro presente y programar nuestro futuro.
Queremos memoria en vez de olvido
Muchas gracias.