El pichi
De la tierra húmeda
Tres velorios
...era lo que más había que cuidar, para que al cocinarse no se quemara. Ella lo hacía con esmero porque en esos días casi
siempre venían de la capital sus hijos que radicaban allá. Había que poner el maíz cacahuazintle, descabezado y bien limpio,
dentro de una olla de barro de buen tamaño. Las hacían especiales para la ocasión y el cocimiento debía ser lento y
hacerse en un anafre con carbón de encino. Lentamente, muy lentamente, se tenía que ir moviendo la olla durante toda la
noche para que no se pegara. Se ponía el maíz, yerbas de olor como el orégano, laurel y hojas de pimiento frescas,
con carne de cerdo, de preferencia una cabeza partida en varios pedazos, algo de carne maciza y espinazo, además de
sal al gusto. Toda la noche se tenía que velar para que el maíz reventara con el jugo de la carne y algo de agua, pero muy
poca. Ése era el pichi. El legendario guiso que le habían enseñado sus padres y a éstos, sus abuelos. Ya muy pocos lo
conocían porque los que habían salido y viajaban lejos de ahí, lo confundían con el pozole y a éste, de ninguna manera
se le debería confundir. Lo que ella preparaba se llamaba pichi y se sentía orgullosa de que en cincuenta años de hacerlo,
nunca se le había pegado. Por eso tenía que velarlo toda la noche; de lo contrario, si se pegaba, tomaría un sabor a
ahumado y de nada serviría.
En Todos Santos, el pichi era el platillo principal y ahora, por primera ocasión, no lo cocinaría ella personalmente...