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Diez años de gestación pueden ser pocos dentro del universo de las letras y, sin embargo, hubo textos que afloraron en segundos y otros tuvieron que dormir años antes de ver la luz. Todo surgió de un vehemente deseo por plasmar y aprisionar entre las páginas de un libro la cotidianidad de una región hecha pueblo y de un pueblo convertido en región, que tiene como mojoneras las nubes, el viento y la lluvia salpicados de días soleados; por encima de todo, surgió y se hizo un proyecto viable gracias a mis amigos, cuyos comentarios y sugerencias me animaron a seguir adelante.

De bien nacido

 

Diez años de gestación pueden ser pocos dentro del universo de las letras y, sin embargo, hubo textos que afloraron en segundos y otros tuvieron que dormir años antes de ver la luz.Diez años de gestación pueden ser pocos dentro del universo de las letras y, sin embargo, hubo textos que afloraron en segundos y otros tuvieron que dormir años antes de ver la luz. Todo surgió de un vehemente deseo por plasmar y aprisionar entre las páginas de un libro la cotidianidad de una región hecha pueblo y de un pueblo convertido en región, que tiene como mojoneras las nubes, el viento y la lluvia salpicados de días soleados; por encima de todo, surgió y se hizo un proyecto viable gracias a mis amigos, cuyos comentarios y sugerencias me animaron a seguir adelante.

 

Gracias a todos y cada uno de los habitantes de Altotonga y sus congregaciones con los que interactué y me brindaron la invaluable presea de su amistad y confianza; a mis queridos hermanos: Mela, Luis, Popy, Mary, Javier y Alejandro por su solidaridad y cariño; a Maximino Rodríguez Acosta, Chimino, porque en su café-internet transcribí los primeros cuentos, entre charlas amenas y anécdotas de los parroquianos; a Aurora Piñeiro Carballeda, insigne maestra y muy apreciada amiga, que fue la primera persona con quien compartí estos textos; a Ignacio Javier Martín Sánchez, mexicano por voluntad propia, amigo amigo, poeta, escritor y filólogo de la Universidad de Salamanca, España, quien leyó y releyó mis textos y, con sus comentarios y sapiencia, me animó a seguir adelante; a Armando Maya Ruiz, excelente diseñador gráfico que, al formar una y otra vez, hizo los ajustes necesarios de las cajas, la tipografía y el interlineado: muchas gracias por su paciencia, amistad y solidaridad; a Ricardo Venegas Gómez, joven amigo y compañero de mil batallas por los caminos del arte y el diseño, creador cingular, por haber diseñado la portada del libro; a Amiritzia Toledano Montelongo, de cariño Ami, condiscípula de antaño y entrañable amiga, por su paciente y esmerada labor en la revisión ortográfica; a Pedro Navarro Martínez, el más joven de mis amigos, entusiasta y solidario que, dentro del proceso editorial, se tomó la molestia de leer todo el libro y hacerme sus comentarios; a Rocío Castillo Arcos, mi querida cuñada, que me prestó la acuarela que ilustra la portada, cuyo autor es el maestro Cosme Landa Alfonso, altotonguense de grata memoria a quien tuve el privilegio de conocer y ser su amigo; al ingeniero Enrique Delgado Flores, mi querido cuñado, que ha hecho viable este proyecto; y a Enrique Alfaro, escritor, maestro y amigo generoso por su apoyo editorial; a todos ellos gracias, sobre todo, por ser mis amigos.

 

Fernando de la Luz

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