Y dicho esto, me fui tendido, dando zancadas de metro y medio para que no me pusieran retardo, porque si llegaba después del toque, además del retardo, que tres hacían una falta, debía: quedarme castigado en el patio, parado en medio o en un saloncito anexo a la oficina de la dirección de la escuela; y escribir en un cuaderno doscientas veces dos oraciones: “no debo llegar tarde a clases” y “la puntualidad es una virtud de las personas educadas”. Esa mañana no tenía ganas de escribir, así que lo decidí en el acto: si no llego a tiempo, mejor me quedo castigado a medio patio, ya me contarán Tovar o Rubio, o tal vez Suárez, lo que les pasó a Jeremy y a Janet.
—Jeremy y Janet, atrapados en aquella palmera gigante que hacía las veces de refugio, no se animaban a aventurarse muy lejos de ahí ante la presencia de los terodáctilos que, preocupados por no dejar de incubar sus huevos, sobrevolaban constantemente el sitio. Las hojas de la descomunal palmera alcanzaban las oquedades aquellas, esculpidas sobre el monumental cantil de granito que nacía en lo profundo del cañón, allá donde el río se precipitaba entre peñascos y caídas de agua a la inmensidad del valle de los dinosaurios y se perdía entre las nubes, muchos cientos de metros arriba.
La descripción era tan real, tan lúdica, que nos introducía de lleno en aquel mundo perdido al que podíamos, si así lo deseábamos, tocar con las manos de nuestra imaginación. Aquel hombre, de unos cuarenta y cinco años, de estatura baja y complexión robusta, más bien gordito, de labios delgados y mirada penetrante, hacía de esos minutos los más placenteros de la jornada escolar; con ansia esperábamos que llegara la clase de civismo. El Lic. Carlos Domínguez González era un consumado locutor y sin ser fonomímico, ni actor, dominaba la pantomima mejor que nadie. Su cara cambiaba de expresión a cada paso y su voz adquiría los tonos necesarios para dejar esa sensación de suspenso, de apremio, de desesperación, que a varios, cada una de esas esperadas sesiones, nos dejaba sin uñas en las manos y hubo a quien le ganaran las ganas de ir al baño con tal de no perderse ni un ápice del capítulo en turno.
—Los nidales aquellos, construidos sobre la sólida roca, eran un refugio seguro para las crías, fuera del alcance de los depredadores y eran, en sí, unas maravillosas plataformas de despegue, para cuando el tiempo de volar llegara —prosiguió narrando con entusiasmo—. Frente a una de las enormes hojas de palmera, que descansaban sobre la cornisa de una de esas cuevas, mitad agujero, mitad pasadizo, se podía mirar hacia la profundidad de la oquedad en la que los rayos del sol se reflejaban en un escurridizo sendero que descendía en forma de laberinto; hacia ahí pensaban dirigirse para ver si podían flaquear aquel valle misterioso al que una fuerte corriente de agua, al atravesar una caverna oscura, los había conducido en su gran balsa de hule, a la deriva, ya sin timón ni remos. Seguramente, al final de aquella luz, se decían, sorprendidos por el hallazgo de aquella salida providencial, están las llanuras y más allá el portentoso Orinoco que los había llevado hasta ahí, a esa gran palmera a la que habían escalado no sin esfuerzo y los había librado de la muerte en las fauces de los tiranosaurios que los habían rodeado. Jeremías hizo una muesca más en la cacha de su pistola y pudo verificar que con la fecha de hoy, eran veintidós los días que llevaban perdidos. ¿Qué habrá sido del profesor Benjamín y de los otros dos osados aventureros: Jonathan y Frank, que los habían orillado a aquellos rápidos que los condujeron a este valle cerrado donde el sol sólo iluminaba el suelo en el cenit debido a lo alto de sus cantiles y a lo profundo de sus cañones? No lo sabían; ¿acaso perecerían a manos de los velociraptores?, ¿se ahogarían entre los rápidos?; no, no lo creían: si ellos, que no tenían experiencia en los menesteres de un explorador, habían sobrevivido, lo más seguro es que a los otros tampoco les hubiera pasado nada.
Tras caminar encima de aquellas robustas hojas, se vieron entre los huevos de los terodáctilos y apenas tuvieron tiempo de refugiarse e iniciar el descenso por ese laberinto que resultaba prometedor, cuando la sombra amenazadora de mamá terodáctilo oscureció la cueva y la llenó de tinieblas con la humedad caliente que despedía el vapor de su sudoración. Tras encender un fósforo, de sus ya menguadas existencias, lograron evadirse por aquel estrecho sendero que hasta ahorita era su única posibilidad de salvación. Poco a poco fueron bajando y ante su asombro parecía que lo hacían sobre una bien labrada escalera que después de atravesar esas gruesas paredes los llevó a una gran cámara que semejaba un salón de proporciones enormes, donde, incrédulos, descubrieron a una serie de hombres muy pequeños, pigmeos, dijo Janet; éstos danzaban ante Jonathan y Frank, que amarrados fuertemente a unos troncos, presidían el centro de aquel gran salón en que las sombras de las antorchas proyectaban una danza de gigantes que amenazaba con tragárselos a ellos también. Jeremy, sin querer, trastabilló y rodó con gran velocidad hasta que su cuerpo, lleno de moretones y raspaduras, quedó frente a los captores de sus amigos: pequeños, con no más de un metro de estatura, cubiertos por una vestimenta de color rojo, de piel ceñida a la de ellos, de tez blanca, casi albinos; tenían el cabello blanco también y sus ojos, rojos e irritados por el humo del fuego, lo miraban sorprendidos por su tamaño y lo pelirrojo de su pelo; no fue un encuentro amigable, pero tampoco del todo hostil. Ya ahí, rodeado de esa pequeña gente, al acostumbrar sus ojos a la intensa luminosidad de las teas ardiendo que portaba cada hombrecillo —porque si de algo se había percatado de inmediato era de su sexo, pues orgullosamente lo lucían al descubierto—, se dio cuenta de que todos eran iguales: había ahí, de menos, cientos de mellizos: albinos, chiquitos, regordetes, con el cuerpo cubierto de una vestimenta roja, del cuello a los pies, incluso calzaban unas sandalias del mismo color; sólo dejaban al descubierto la cara polveada y el pene, curiosamente pintado de amarillo azafrán.
El sonido de la chicharra indicó que la hora había terminado y el Lic. Domínguez, como cada vez que acontecía, se despidió.
—Bueno, jóvenes, nos vemos el próximo viernes, traigan su tarea y hasta entonces regresaremos con la enigmática tribu de pigmeos que habían atrapado, salvo a Janet, a tres de nuestros amigos; ¿y el profesor Benjamín, dónde estaba?, ¿se encontraría con Janet?, ¿ésta lo buscaría? Hasta el siguiente capítulo, mis queridos amigos; ah, diviértanse en su paseo y mucho cuidado con jugar futbol con huevos; recuerden, hay mucha hambre en el mundo para que ustedes jueguen de manera tan sofisticada— diciendo esto, cerró la puerta del salón y lo vimos alejarse por el pasillo, con cierta prisa, pues se le había hecho tarde.
Qué bueno, porque ya no vio al ridículo de Reynoso, cómo se contorsionaba al frente del salón, con un pedazo de cartulina amarilla pegado a la bragueta del pantalón, a manera de pene gritando: compañeros soy el gran jefe de la tribu del pito amarillo. Ja, ja, ja, todos doblados de la risa nos reíamos de buena gana, mientras otros aullaban o usaban la papeleta como tambor. Luego, luego, Tovar, empezó a joder:
—Osito, me dijo, canta tu canción— y sin más se puso a cantar: A la orilla del Missisipi vivía el oso correlón . . . la carrera del oso que habían puesto de moda en la radio Los Sinners; y no sólo eso, sino que al igual que Reynoso, subió al frente del salón y comenzó a bailar como apache. De repente, Suárez, que de manera furtiva se asomaba hacia el pasillo, gritó “aguas” y todos, en segundos, guardamos la compostura: los que andaban parados, se fueron a sus pupitres; minutos después, el señor Fandiño entraba al salón en medio de un silencio sepulcral.
—Vaya, ver para creer —exclamó—: bueno, jóvenes, vamos a pasar lista y al momento de irlos nombrando me hacen el favor de depositar su cuota en esta cajita e irán, a la vez, tomando un boleto como éste (tomó uno y nos lo mostró) para que el paseo sea organizado y ustedes, que se lo merecen, porque acuérdense de que este paseo es un premio, lo disfruten. Ah, algo muy importante que se me estaba olvidando: el que no me entregue el permiso firmado por sus padres de que se pueden meter a la alberca olímpica, porque saben nadar, no entrará al área de albercas, tendrá que quedarse en las canchas.
¿Un premio?, me quedé pensando; ah, sí, fue porque sacamos diez en la competencia de Español y porque de la clase de Moral fuimos el grupo que sacó más puntos, pues era el grupo donde había un mayor número de catequistas que acudíamos con el señor Almeida, nuestro maestro, a impartir el catecismo los sábados por la mañana, allá por los llanos aledaños a la calzada de Zaragoza, donde la ciudad se esfumaba y el polvo de las tolvaneras, en febrero y marzo, oscurecía el cielo y tapaba el sol: no era esmog; era polvo del vaso seco del Lago de Texcoco.
Todas las tardes de esos meses, y en ocasiones de abril y mayo, cuando la temporada de lluvias se retrasaba, al correr el norte, levantaba tal cantidad de polvo que la ciudad se llenaba de un talco blanquecino que penetraba hasta por debajo de los quicios de las puertas de las casas y con sólo rozar con la palma de la mano algún objeto, los dedos quedaban marcados con ese molesto polvito.
Al llegar, en más de una ocasión, como perdidos en el desierto, deambulábamos en un mar de arena y pronto, perdíamos el rumbo. Hubo un día en que topamos con un cerro y otro, en que por brechas diminutas, fuimos a dar a Texcoco. Hasta allá íbamos todos los sábados cuando era temporada de Cuaresma y había que preparar a los niños y niñas que harían su primera comunión el 10 de mayo, Día de las madres. Eran ciudades enteras perdidas en la inmensidad de un paisaje ocre, seco, calcinado por el sol y repleto de días aciagos y hambre centenaria, donde las bolsas de a kilo de frijol, arroz, azúcar; los litros de aceite, las latas de sardina, los paquetes de galletas de animalitos, la leche en polvo, las carteras de huevo y los esperados caramelos de azúcar maciza, atenuaban un poco aquella desilusión perenne en que vivían sumergidas miles de familias, donde los niños, millonarios de lombrices, con una sonrisa cohibida, estiraban sus manitas petrificadas por el polvo hecho mugre con el paso de los días. Los rostros de aquellas madres, formadas en interminables colas, esperan con ansiedad las despensas que cada ocho días les llevábamos y que día a día juntábamos en nuestros salones de clase, gracias a la caridad que la mayoría de nuestros padres y madres aportaban pero, la ocasión en que se colectaba más dinero para los pobres era sin duda la colecta de papel periódico: todos llevábamos los periódicos o revistas que en casa abultaban las bodegas o cuartos de tiliches para que se vendieran por kilo, el grupo que reuniera más, se hacía merecedor a un paseo de todo el día.
El señor Almeida, nuestro maestro de Moral, vivía ahí y vivía para sus pobres. Diario, en su vochito azul marino, se desplazaba al colegio a impartir sus clases y entre todos nosotros hacía una intensa labor para juntar las despensas que semana a semana, conseguíamos entre todos. Esa semana, el lunes, nos había llegado a regalar, a cada uno de los catequistas, Amor, el diario de Daniel, de Michel Quoist. Cómo disfruté el libro, creo haberlo leído y hojeado más de cinco veces; bueno, a esa edad, una lectura de esa naturaleza a todos nos pega.
Cuando nos lo obsequió, ya no era novedad, pues con anterioridad nos había ido leyendo en las ocasiones que teníamos clase de Moral con él, pues según nos decía, éramos unos verdaderos diablos y le preocupaba nuestra formación espiritual. En clase nos hablaba de sexo y con frecuencia nos explicaba la de cambios fisiológicos y emocionales que experimentábamos como adolescentes; con suma seriedad abordaba temas como la masturbación. El día en que nos explicó por qué empezábamos a producir semen, lo relativo a las erecciones, los sueños mojados y todo lo que conllevan estos cambios, todos, con suma atención lo escuchábamos, intercambiábamos miradas de reojo y una risita denotaba nuestras expresiones de malicia y nuestro fingido asombro. ¿Tú, ya?, nos cuestionábamos con el vecino de pupitre. Al día siguiente, varios comentábamos nuestras experiencias y había quienes no sólo hablaban de cómo y cuántas veces se masturbaban, sino de su primera vez con una mujer y nos reíamos con largueza al comprobar aquella moda pasajera del suéter guango y de largo talle o amarrado a la cintura, a manera de mandil para disimular las constantes erecciones; en fin, esto y más acontecía después de esas lecturas tan explícitas del señor Almeida.
Aquella mañana, cuando la narración de En busca del paraíso perdido llevaba ya más de quince minutos, al llegar al salón de clases, ubicado en el segundo piso de un moderno edificio funcional y con mucha luz, sobre el pasillo, nos detuvimos y le pedimos permiso de entrar al Lic. Domínguez, nuestro maestro de Civismo, que el tiempo que nosotros estuvimos atareados con el asunto de los huevos, él llevaba dando clase. Al entrar, todos se reían y el que no nos pegaba, metía el pie, daba un pellizco o con un lápiz, nos picaba el fundillo, camino a nuestros pupitres.
—Silencio, caballeritos, compórtense o quiere alguno de ustedes más ir a comer huevo frito al centro de la cancha— sentenció de manera enérgica, conteniendo la risa dentro de sus regordetes cachetes, llevándose la mano a la altura de la boca, disimulando así el hecho de que estaba al tanto del reciente castigo.
_Qué bárbaros —comentó Tovar, riéndose— ya oíste, Osito, aquí los chismes sí que corren de prisa.
—Ya, en paz —agregó el Lic. Domínguez—, terminemos la clase y finalicemos el capítulo de los terodáctilos de la emocionante novela En busca del paraíso perdido.
A ello, Reynoso, haciendo las manos como trompeta, irrumpió: tan ta tan, tan ta tan, a manera de fanfarria de justa deportiva.
—Siéntese, jovencito —le dijo el maestro— ya tendrá usted tiempo de tocar no sólo la trompeta, sino el pito, digo, corrigió, del pito del carro de camotes. Ja ja ja, rió todo el salón; a un reglazo del licenciado sobre el pizarrón, nos callamos al unísono y la clase continuó.
Lunes, miércoles y viernes, siempre, a primera hora, una vez terminada la oración del inicio del día con el consabido San Juan Bautista de Lasalle, en vos confío, salía nuestro titular, el señor Fandiño y entraba el Lic. Domínguez, a quien siempre esperábamos con alegría, porque invariablemente, diez minutos antes de terminar su hora, comenzaba una historia de aventuras fantásticas que de capítulo en capítulo nos emocionaba, ponía en suspenso y hasta brincábamos de susto, de la manera tan vívida y actuada con que narraba cada una de estas historias; realmente eran fascinantes y su repertorio no tenía límites: lo mismo nos narraba Drácula, de Bram Stoker, que Tom Sawyer, de Mark Twain. Había ocasiones, para nuestro deleite, cuando el maestro de la siguiente hora se retrasaba, que el relato se extendía por otros diez o quince minutos, siempre y cuando el Lic. Domínguez no tuviera asuntos muy urgentes en el juzgado donde trabajaba. A fin de año, cuando fuimos a llevarle a su oficina un chaleco de lana y un par de corbatas, que demostraban nuestra gratitud y entusiasmo hacia su persona, nos enteramos de que él era el señor Juez.
Ese día sólo tendríamos la clase de Civismo, porque aunque de antemano sabíamos que la salida hacia el deportivo Bahía estaba planeada para las diez de la mañana, al maestro de Matemáticas, a quien apodábamos Pompín por ser de prominentes glúteos, le habíamos hecho creer que la salida era a las nueve y cuarto de la mañana, así que decidió no ir y todos a coro le suplicamos a nuestro emprendedor maestro de Civismo que de una vez nos terminara de contar el final de En busca del paraíso perdido, que nos mantenía con la vida en un hilo.
Había acudido al lugar con ilusión de colegial y los recuerdos vivos, aprisionados en la memoria, como si los hechos aún estuvieran ahí y los pudiera tocar con las manos; mis pisadas, recorriendo los pasos de antaño, abrigaban la esperanza de revivir aquellos maravillosos años de la secundaria, cuarenta años atrás. Al descender del automóvil y situarme estratégicamente en la confluencia de la avenida de los Insurgentes con la calle de Gómez Farías, dirigí la mirada hacia la derecha; desde la distancia, la esbelta Torre Latinoamericana, el azul rascacielos de los cincuenta, me sonrió, enmarcada por el arco del Monumento a la Revolución, como tarjeta postal desafiando el paso del tiempo. Ahí está, me dije satisfecho tal como la recordaba en esa clásica imagen iconográfica, no sólo de tarjeta postal sino de calendario y echando un rápido vistazo a mi entorno encontré donde mismo, donde estaba hace cuarenta y tantos años la tienda donde venden las famosas guayaberas Cab hechas a mano, ya de algodón o lino, pero confeccionadas en la lejana Mérida, Yucatán. Caminé despacio por Gómez Farías hasta encontrar la calle de Sadi Carnot; de inmediato advertí que faltaban algunas construcciones y había otras nuevas que desafiaban la porfiriana arquitectura de la Colonia San Rafael. Busqué, en una de las cuatro esquinas, la papelería Teyco, donde usualmente compraba libretas y lápices: ya no se encontraba. También estaba el sitio, pero no el negocio en el que todavía imberbe me detenía a comprar una paleta de tamarindo, antes de llegar hasta Insurgentes y abordar el camión, que por una resplandeciente moneda de cobre con la Pirámide del Sol, con valor de veinte centavos y otra, de níquel, con un número diez al centro, me llevaba de regreso a casa, al final de la jornada escolar después de las cinco de la tarde.
Con la parsimonia de quien desea recorrer las andanzas de antaño, sin revisar el reloj, con la mirada perdida en el pasado, fui escudriñando una a una las casas y edificios que me eran familiares y me hablaban de una cotidianidad arrastrada durante varios ciclos escolares. Aquí —recordé— bajo los aleros de esta vieja casona, mirábamos pasar a las muchachas del Anglo-Español, ante el enfado de las vigilantes monjas, con su clásico uniforme azul marino de manga larga y cuello y puños blancos de plástico, rematado con un gran moño rojo en el pecho, adonde asomaban tímidas y aún sin definirse, las redondas formas de mujer que nos arrancaban suspiros y sueños mojados por las noches, al tratar de adivinar debajo de las medias de popotillo las pantorrillas bien formadas.
Más adelante, al llegar a la calle de Tomás A. Edison, me sorprendió que no hubiera cambios sensibles y estuviera en pie el edificio de departamentos donde vivían Ramón Rubio y Juan A. Villalobos, condiscípulos del segundo año “F”; por cierto, a este último, al pasarle lista en clase, los maestros pronunciaban de corrido JuanA; como coincidía que tenía el número de lista cuarenta y uno, arrancaba pujidos y quejidos de la chamacada. Las casas, al paso del tiempo, no habían sufrido modificaciones aparentes. Al acercarme a mi destino, en mi afán de llegar, parecía escuchar el murmullo creciente y los cláxones ladinos de los padres de familia que acudían a recoger a sus hijos. Frente al portón de metal, deslavado y oxidado por el olvido involuntario, al igual que sus bisagras, mis recuerdos rechinaron de emoción al abrirse sus hojas de par en par como en los viejos tiempos. Cerré los ojos con fuerza y sentí de cerca la presencia del señor Martínez, el hermano al que todos conocíamos por el mote de “El Taca”, apócope del consabido ta cabrón pa que crezca, tronándonos los dedos y diciéndonos aprisa, aprisa. Por fin, mi añorado Colegio Cristóbal Colón se me descubría entero.
Ese día corrí con suerte, las puertas abiertas me permitieron introducirme con la mirada hasta medio patio; para mi sorpresa, todo estaba igual que hacía cuarenta años. La placa metálica con el número 13 en blanco sobre un fondo azul eléctrico, estaba ahí adherida al muro de piedra y el bello edificio estilo ecléctico muy del gusto de fines del diecinueve, lucía igual, engalanado con sus dinteles neoclásicos; su pórtico, de piedra de cantera, cuajado de arabescos y guirnaldas y su gruesa puerta de madera de caoba, compuesta por tableros y rosetones tallados, mantenían incólume su dignidad señorial al paso de los años. En el extremo izquierdo, erguido y sin daño alguno se dejaba ver el torreón enjaezado de miles de mosaicos de mayólica en tonos de azul marino y beige, que desafiando los tres pisos de la construcción, coronaba la casona, sobrepasando las cornisas y el techo del ático.
Ahí abajo, al pie del torreón —recordé—, estaba una escalerita de hierro que conducía a un pequeño templete, similar a los púlpitos de las iglesias, desde donde el Sr. Pacheco, micrófono en mano, hacía la oración matinal, nos daba los buenos días y se rendían los honores a la bandera todos los lunes, además de darnos todos los pormenores de la información con respecto a las tareas escolares. Abajo, en la cancha, formados de dos en fondo, todos los grupos con su titular al frente rezábamos el Padre Nuestro, respondíamos a la jaculatorias y cantábamos el Himno Nacional, según fuera el caso, para después desfilar poco a poco, cada quien a su salón e iniciar la jornada. Busqué con detenimiento la escalera y asomándome un poco más adentro, la encontré donde siempre, al pie del torreón.
—¿Buscaba a alguien? –me preguntó una religiosa en tono cordial.
—No, sólo miraba un poco y recordaba, sí, recordaba tiempos idos. Figúrese, hermana, yo estudié aquí en 1962 y 1963.
—¿Estudió usted en el Colegio Cristóbal Colón?
—Si, hermana, yo fui alumno lasallista. ¿Me permitiría usted pasar? Es que desde que ví el portón abierto me ha entrado una nostalgia que no sé como explicarle, es algo superior a mis fuerzas, me siento raro, sentimental, no sé. . .
—Pase, por favor, no se detenga, adelante —y con un ademán de bienvenida, me introdujo.
—Bueno, le tomo la palabra, eh, pero sólo al centro de la cancha, desde ahí podré apreciar todo.
—No, todo está abierto y como son las cuatro de la tarde puede usted visitar lo que quiera —dijo en tono afable, y con una sonrisa se perdió en el interior de la casona.
Ya adentro, parado a la mitad del gran patio, suspiré hondo y me dije: cómo ha pasado el tiempo, tantos años ya, tantos y el llanto afloró a mis ojos, no lo pude resistir, aquella experiencia estaba siendo demoledora: mis compañeros de clase, mis amigos preferidos, mis maestros, la tiendita, el edificio nuevo y el antiguo, los árboles, el torreón, la capilla, todo, todo me emocionaba y a cada paso los recuerdos me asaltaban. Después de un buen rato parado al centro decidí entrar al edificio antiguo y traspasar el gran portón de madera. Al llegar al gran vestíbulo, tras el corredor inicial, la espléndida escalinata de cantera y herrería forjada, enmarcada entre cuatro columnas dóricas de piedra que sostenían un gran domo en la parte superior, me invitó a subir hacia la capilla, al lado derecho, según me acordaba. Estaba sorprendido de cómo ahora, con el tiempo, traspasado el umbral de los cincuenta años, disfrutaba de la arquitectura del lugar y apreciaba cada rincón, cada detalle, que de niño, aunque no del todo, muchas cosas pasaban inadvertidas. No lo podía creer, todo estaba igual, sólo que ahora pululaban por todos lados religiosas y alumnas; en mis tiempos, recordé, todos éramos varones, era una escuela secundaria para niños y curiosamente, reparé en ese momento, todos los maestros, fueran hermanos lasallistas o no, eran hombres. Sabia decisión –pensé- con lo diablos que éramos, qué maestra o religiosa nos iba a aguantar.
Abrí con sumo cuidado la puerta de la capilla y en el reclinatorio que me quedó más cerca me hinqué. La luz de la tarde, tamizada por los vitrales, inundaba de oro el recinto que hacía resplandecer más la custodia logrando una magia y un recogimiento únicos. ¡El Santísimo!, exclamé, y arrodillado, entre rezos y sollozos, lavé la conciencia. No sé cuantos segundos o instantes pasaron; yo, sumido en un abandono placentero, hubiera permanecido ahí, en éxtasis, horas.
—¿Le sucede algo, hermano? –me dijo tocando con su mano suavemente mi hombro.
Mi cuerpo se cimbró entero, porque aunque su tono de voz ahora se escuchaba un poco más grave, sin duda era ella. En ese momento no sabía qué hacer, permanecer así o abrir los ojos e incorporarme para verla de frente. Nuestros paseos vespertinos se me develaron, frescos, a mi alcance y en imágenes intactas, recorríamos, tomados de la mano, las calles de la Nueva Santa María, contábamos una y otra vez las columnas y los arcos del Quiosco Morisco de la Alameda y con el block de dibujo constructivo sobre mi espalda, le servía de apoyo para que copiara los versos y los pensamientos inscritos en la pared de la capilla de María Reparadora. No puede ser –pensé- no tiene sentido, después de tantos años y aquí, precisamente aquí, no tiene sentido me volvía a repetir, tal vez estoy desvariando: un recuerdo agradable generalmente se desdobla
—medité.
—Perdón, me equivoqué, lo confundí con el hermano Sebastián, discúlpeme, por favor, cómo pude interrumpirlo, pero me asaltó la idea de que estaba pasando por un mal rato o mitigando un trago amargo, discúlpeme, por favor —volvió a insistir— . Yo esperaba al hermano porque quedamos en vernos aquí y preparar unos textos para los ejercicios espirituales de las novicias, qué confusión, Dios mío, disculpe mi impertinencia y haciendo una pequeña flexión a manera de saludo, sonrojada salió presurosa y bajando las escaleras se esfumó en el interior de algún salón.
—Es ella, no hay duda —pensé. Y rápido salí de la capilla y descendiendo por la escalera me dirigí hacia la oficina de la dirección donde dos secretarias o señoras de edad ya madura, ordenaban algunos papeles dispersos encima de sus escritorios.
—Disculpen señoritas —les dije, disculpen, la señora que acaba de bajar de la capilla, ¿para dónde se fue?, ¿la han visto acaso?
—¿La Madre Superiora, dirá usted? —Me respondió la más joven de las dos.
—¡La Madre Superiora! Inquirí sorprendido.
—Claro —me dijo, la única persona que ha pasado por aquí con cierta prisa, como si se le hubiera hecho tarde, ha sido la madre Rosalía, nuestra superiora, pero ya se fue, abordó un vehículo que la esperaba y se ha marchado.
—¿Tenía usted alguna cita con ella?, porque de ser así yo la tendría registrada y como hoy es martes, no es día de audiencias. La verdad, no entiendo nada, señor, exclamó desconcertada.
—No, señorita, no tenía ninguna cita e incluso no sé qué pasó, pero creo conocer a la Madre Superiora. Mire –le expliqué- , yo estaba en la capilla haciendo un poco de oración cuando ella, sin que me diera cuenta, se acercó, me tocó con su mano y al dirigirse a mí, se dio cuenta que me había confundido con alguien, se excusó y como exhalación, salió y bajó las escaleras. Lástima, ya no la alcancé.
—¿Le urgía verla? —me preguntó.
—No, señorita, solo que la madre Rosalía, como usted la llamó, y un servidor, somos viejos conocidos. Descuide, ya volveré, se lo aseguro. ¿Podría hacerme un favor muy grande?
—Claro, si en algo puedo servirle —me contestó.
—Oiga, sólo una preguntita antes de pedirle el favor, ¿ese es el nombre de la Madre Superiora, Rosalía? ¿Acaso las religiosas no tienen dos nombres?
—¡Ah sí!, ya sé a lo que se refiere usted; nosotras, como religiosas, al profesar y jurar los votos, escogemos un nombre nuevo como para ejemplificar de hasta donde llega nuestra renuncia al mundo; de esa manera, por ejemplo, la madre Superiora escogió el nombre de Rosalía en lugar del suyo, que es Leticia. Ella, como Directora del Instituto, firma como Mtra. Leticia Garcimarrero y como nuestra Superiora General es la Madre Rosalía.
—¡Rosalía! Como su mamá, tiene lógica —pensé en voz alta—.
—¿Cómo dijo?
—No, nada, olvídelo, sólo pensaba en voz alta. Hágame favor de darle esto de mi parte a la Madre Rosalía —y sacando de mi cartera una tarjeta de presentación se la entregué.
—¡Lisandro de las Heras! —preguntó— qué bonito nombre —agregó—, ¿En verdad es usted escritor?
—Bueno, trato al menos.
—¿Así nada más se la doy, no le pondrá usted algún recado?
—No, désela así nada más, tenga la seguridad de que ella conoce ese seudónimo.
—Entonces, éste no es su verdadero nombre.
—Claro, ése es mi nombre, ella, lo entenderá y despidiéndome cortésmente de ambas secretarias, que ahora lo sabía, también eran religiosas, decidí encaminar mis pasos hacia la capilla de María Reparadora, sobre la avenida San Cosme, no muy lejos de ahí. Al llegar, ya en la acera de enfrente, de momento, no la encontré entre tanto puesto de vendedores ambulantes y los muros encalados de una sucursal bancaria hasta que, de repente, se me reveló el hermoso arco gótico de piedra y el nicho con su imagen presidiendo la entrada. Si alguien que no sabe de su existencia se propone encontrar aquí, en este mar de fritangas, puestos y automóviles estacionados en batería, una pequeña iglesia, jamás la encontraría –me dije a mí mismo al momento que sonreía por haberla encontrado. Con una entrada de no más de seis metros de ancho, casi centenaria ya, abierta al culto en mayo de 1906, estaba tal cual la recordaba: limpia, con sus árboles frondosos en el pasillo y los muros de su atrio repletos de poemas, versos y pensamientos estampados sobre delicados azulejos golondrinos de talavera de Puebla. Justo en el número 9 de San Cosme, muy cerca del antiguo y bello edificio provenzal, donde en los años cincuenta y sesenta, el PRI tenía sus oficinas centrales. Cómo recuerdo las tardes en que, cargados de folletos y propaganda, salíamos de sus instalaciones, para luego irnos a meter también en las oficinas de la Unión Nacional Sinarquista. Ya adentro, en los corredores de la capilla, una fotografía muy grande del Padre Pro, me recordó las andanzas juveniles en pro de información para la clase de historia que hacíamos en todos esos rumbos de la Colonia San Rafael y de la Nueva Santa María.
Al entrar, me detuve un buen rato frente al poema que más nos gustaba a los dos; incluso, Leticia lo había copiado y estampado en un lienzo que bordó a mano, supervisada por su madre, para regalárselo a su abuela un día de las madres. Adentro, en la sacristía, pedí papel y lápiz y una tabla en que apoyarme; de inmediato regresé a la entrada en donde me instalé a copiar los versos que tanto me gustaban y que por un buen tiempo, repetía de memoria hasta que el olvido llegó un día entre los ires y venires del destino. Lo copié con sumo cuidado y al momento de hacerlo lo fui repitiendo en voz alta como solíamos hacerlo los dos, tiempo atrás:
Dije al almendro: ¡Háblame de Dios!, y el almendro floreció.
Dije al pobre: ¡Háblame de Dios!, y el pobre me ofreció su capa.
Dije al sueño: ¡Háblame de Dios!, y el sueño se hizo realidad.
Dije a la casa: ¡Háblame de Dios!, y se abrió la puerta.
Dije al niño: ¡Háblame de Dios!, y el niño me lo pidió a mí.
Dije a un campesino: ¡Háblame de Dios!, y el campesino me enseñó a labrar.
Dije a la naturaleza: ¡Háblame de Dios!, y la naturaleza se cubrió de hermosura.
Dije al amigo: ¡Háblame de Dios!, y el amigo me enseñó a amar.
Dije a un pequeño: ¡Háblame de Dios!, y el pequeño sonrió.
Dije al ruiseñor: ¡Háblame de Dios!, y el ruiseñor se puso a cantar.
Dije a un guerrero: ¡Háblame de Dios!, y el guerrero dejó sus armas.
Dije al dolor: ¡Háblame de Dios!, y el dolor se transformó en agradecimiento.
Dije a la fuente: ¡Háblame de Dios!, y el agua brotó.
Dije a mi madre: ¡Háblame de Dios!, y mi madre me dio un beso en la frente.
Dije a la mano: ¡Háblame de Dios!, y la mano se convirtió en servicio.
Dije al enemigo: ¡Háblame de Dios!, y el enemigo me tendió la mano.
Dije nuevamente a un pobre: ¡Háblame de Dios!, y el pobre me acogió.
Dije a la voz : ¡Háblame de Dios!, y la voz no encontró palabras.
Dije a Jesús: ¡Háblame de Dios!, y rezó el Padre Nuestro.
Dije temeroso al sol poniente: ¡Háblame de Dios!, y el sol se ocultó sin decirme nada.
Pero al día siguiente, al amanecer, cuando abría la ventana, ya me volvió a sonreír.
Miguel Estrada
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Una vez que lo hube copiado, entré en la capilla, me senté en una banca; ya relajado de mi intempestivo encuentro, daba vueltas una y otra vez a lo que había acontecido y comencé a recordar mi noviazgo con Leticia, así como nuestras idas y venidas al colegio. Realmente se respiraba un aire de tranquilidad y paz en ese recinto apacible que al lado derecho de la entrada, también sobre azulejo, tenía un pensamiento de R. Tagore que no recordaba haber visto entonces y que me cimbró de pies a cabeza: La vida se nos da y la merecemos dándola. Qué profundo, pensé, y sin habérmelo propuesto, recorrí mi vida en segundos y llegué a la conclusión de que el sólo hecho de estar ahí en ese momento bien valía la pena vivir esa vida de la que luego nos lamentamos y en la que interactuamos con tanta gente, con tanta, que si quisiéramos contarla, tendríamos que volver a nacer. Cuánta gente se cruza en nuestro camino y no deja huella, pasan como las partículas de polvo que mueve el viento y se dispersan en la atmósfera y que, difícilmente, volverán a pasar; volviendo la mirada hacia aquel pensamiento estampado en el azul golondrino de los azulejos reflexioné sobre la asombrosa similitud que guardaba con el proverbio evangélico de que hay más alegría en dar que en recibir.
—Se está bien aquí —murmuré sin que la frase aflorara del todo a mis labios— y estirando los pies me relajé y me puse a ver aquellos diez grandes ventanales de vidrio emplomado a manera de vitrales finamente decorados con azucenas o lirios, como aquella vara de San José que floreció de la nada. Su estilo gótico le da un aire de esbeltez, resaltando los frisos de sus arcos y columnas pintados de azul rey sobre el inmaculado blanco de los muros que fácilmente rebasan los diez metros de altura. En la parte baja, un lambrín de madera de metro y medio en forma de arcos circunda toda la capilla y le da un ambiente más cálido. Ese día divagué tanto que me sorprendí cuando el sacristán, con todo comedimiento me dijo: ya vamos a cerrar, señor, son más de las nueve de la noche. ¡Las nueve!, me dije, no puede ser, e incrédulo, salí por una puerta lateral de un callejón adyacente. Eran muchos años, muchos, más de cuarenta.
Mis padres habían decidido inscribirnos, a Luis, mi hermano, y a mí, en el año de 1962, ante la angustia de mi madre por lo lejos que el colegio se encontraba de casa, ya que desde la Colonia del Valle hasta la San Rafael la distancia es considerable; en ese entonces, don Emilio Reversac, el Padre Conciliar de los Hermanos Lasallistas, le dijo a mi madre: “no, señora, no se angustie, los muchachos aprenden a moverse en un instante. El que nunca se acostumbra es el corazón de las madres”. Y al mes de haberse iniciado las clases, éramos unos expertos en seguir y descifrar la ruta de la línea urbana “Mariscal Sucre” de grata memoria: por treinta centavos nos llevaba por la mañana al colegio y por la tarde de regreso a casa, ya que por la lejanía de la escuela, nos inscribieron como mediointernos; comíamos en el comedor de la casa de los hermanos, junto con otros chicos y maestros, justo enfrente del colegio, en una hermosa y solariega residencia estilo francés, de fines del siglo XIX.
Al revivir esas escenas después de las comidas en la solariega casa llena de árboles y de bancas, parecidas a las que adornan los parques de todos los pueblos alrededor del kiosco, vinieron a mi memoria las interminables charlas que después de la comida tenía con el maestro Celerino Salmerón, célebre por su animadversión atávica en contra de Benito Juárez.
—Sí, jovencito, así como lo oye fue. Ese sacerdote que me distingue con su amistad, todo un santo, por cierto, lo vio. Sí, lo vio en el preciso momento de la consagración, al elevar la hostia, pudo ver como Benito Juárez se consumía en el fuego del infierno, sí señor, y ay de aquel que lo dude.
No en balde había publicado el polémico libro Las grandes traiciones de Juárez y todo lo que sonara a izquierda o a intento de reforma lo veía mal. Charlábamos de la masonería, del comunismo, de su odio hacia Sergio Méndez Arceo y hasta de la manera en que los aztecas, al enojarse con su dios, lo retaban y vociferaban levantando el puño hacia el cielo Huitzilopochtli puto. También nos contaba como los aztecas castigaban, en el calmecac, a los jóvenes que se masturbaban, pinchándoles el pene con largas espinas de maguey hasta que sangraban. Ah, tiempos aquellos, suspiré, quién tuviera catorce años.
Parado frente al portón y escudriñando al interior a través de las entreabiertas hojas, en segundos, cientos de recuerdos se agolparon en mi mente, unos más frescos que otros, pero todos preñados de nostalgia. En ese momento, un enorme transporte escolar de color amarillo me tapó la vista de sopetón, pues se estacionó frente a la entrada; de inmediato, me remitió a la excursión que en segundo año de secundaria hicimos al deportivo y balneario “Bahía” en compañía de nuestro maestro titular, Francisco Fandiño, doblemente festejada porque además de ir a nadar, significó un día de asueto a media semana; por cierto que nunca, lo confieso, he vuelto a toparme con alguien de ese mismo apellido.
Aquel día, un miércoles del mes de febrero de hace cuarenta años, a unas cuantas semanas de haberse iniciado el ciclo escolar que corría de febrero a noviembre, amaneció despejado; como de costumbre, después de un frugal desayuno, más a fuerzas que con ganas por la premura del tiempo, mi hermano y yo nos encaminamos a llegar al sitio adonde todos los días, entre las siete y las siete y cuarto de la mañana, abordábamos el camión, en la esquina de las calles de Miguel Laurent y Gabriel Mancera, prácticamente a la vuelta de casa. Era un recorrido monótono, para quien lo hacía a diario a lo largo de todo el ciclo escolar, pero en realidad, tomando en cuenta que siempre ganábamos asiento, pues nos subíamos al camión en su primera parada, luego de salir de la terminal, la ruta que seguía no era aburrida; hasta resultaba interesante el incipiente análisis sociológico de colegial que pudiera hacer a mis catorce años, de aquel sui géneris itinerario de entre treinta y cinco y cuarenta minutos a la ida, y de una hora y hasta más, ya de regreso por la tarde.
Con la amabilidad requerida y la fuerza de la costumbre, después de los buenos días al chofer y el pago del boleto, que cada uno hizo por separado con la cantidad justa: dos monedas, una de veinte y otra de diez, para evitar la falta de cambio, nos dirigimos al centro del vehículo, un camioncito marca Chevrolet, de color crema con dos franjas de pintura al centro, que circundaban todo el vehículo, una verde y la otra amarilla, de algún modelo de los cincuenta, con una capacidad cuando mucho para treinta y cinco o cuarenta pasajeros sentados; sólo unos cuantos contaban con puertas de ascenso y descenso, la mayoría de los camiones únicamente contaban con una sola la puerta, la de adelante, hecho que dificultaba en extremo la circulación en el pasillo de en medio a la hora de bajarse, pues siempre iban repletos de pasajeros. Las puertas, el chofer las movía a discreción desde su asiento con una larga palanca de mano, a través del juego de espejos. Recuerdo el día en que al ir pasando frente a la Pérgola, en la Alameda, justo frente a la librería de Cristal y el monumento a Beethoven, sentado en el último asiento que abarcaba todo lo ancho del interior del vehículo, alguien gritó “¡se quema el camión!” Yo salí disparado por entre los asientos, volando encima de todo mundo y en segundos, ya estaba a fuera. Nada, todo había sido un mal entendido y el gracioso que hizo la broma se esfumó. Esa tarde, ya abajo del camión, si no ha sido porque conservaba mi boleto, el chofer no me hubiera dejado subir de nuevo y a no ser que hubiera pedido limosna para juntar el importe de mi boleto, me habría regresado a pie hasta mi casa.
Ah, qué felicidad, me repetía a mí mismo. Hoy, no tenía que cargar con la mochila, ni el bloc ni la regla “T” de dibujo constructivo que precisamente me tocaba los miércoles con el señor Fandiño, mi titular. Ahora sólo cargaba una pequeña maleta con el traje de baño, una toalla y ahí mismo, unos deliciosos sándwiches de ensalada de pollo, dos más de leche condensada como postre y dos huevos cocidos, que mi madre diligentemente había preparado y puesto en un compartimiento de la misma. Mientras el camión avanzaba con fluidez por la calle de Gabriel Mancera, entre subidas y bajadas de amas de casa y ancianas de camino a misa a la iglesia del Corazón de María, mejor conocida por la chamacada como Nuestra Señora del Tránsito, precisamente a un costado de la entonces glorieta Mariscal Sucre, iban haciendo su aparición los distintos muchachos y jovencitas camino a clases a quienes sus uniformes identificaban como alumnos de determinada escuela; los primeros en bajarse eran los alumnos del Instituto Fray Juan de Zumárraga, en la calle de Amores, paralela a Gabriel Mancera; las últimas, que hacían el recorrido igual que nosotros y se bajaban en la misma parada, eran las del Anglo-Español; a Dios gracias, nosotros, en el Cristobal Colón, no usábamos uniforme.
Al llegar sobre Gabriel Mancera, a la confluencia de la calle de Morena, el camión doblaba a la izquierda y rodaba hasta encontrar Avenida Coyoacán y por ahí deslizarse hasta la calle de Chilpancingo, una vez brincado el puente del Viaducto Miguel Alemán, en franco descenso hasta la glorieta Chilpancingo para internarse en la colonia Hipódromo-Condesa y hacer el recorrido por la calle de Ámsterdam; antes, sendos carriles del hipódromo en forma de herradura y desembocar en la calle de Sonora, a través de la cual, al recorrerla por varias cuadras, cruzando la Avenida Chapultepec, lo introducía en la calle de Londres, columna vertebral de la entonces naciente Zona Rosa, para, al llegar a la Avenida de los Insurgentes doblando a la izquierda se incorporara a ésta y pasando el Paseo de la Reforma, Villalongín, el Monumento a la Madre —del que siempre hacíamos con los compañeros el chiste, aludiendo a lo grande y alto de la columna adherida a su espalda, de que se había construido así a propósito, para que cuando llegaran los marcianos a México, si se estrellaban ahí, no se dieran en la madre, sino en la torre— y la calle de Antonio Caso, llegáramos a nuestro destino en la esquina de Insurgentes y Gómez Farías. Treinta o cuarenta minutos de una ruta singular, donde por la hora del día, el recorrido resultaba fresco y facilitaba el terminar tareas inconclusas o estudiar para el examen que a bocajarro nos esperaba al llegar. Cuando por algún congestionamiento de tránsito el tiempo se excedía, el tramo de tres cuadras que separaba la parada del camión de la puerta del colegio, había que hacerlo corriendo para evadir las regañadas del “Taca” o a hurtadillas y casi rozando el piso, pasar frente a la dirección, adonde el señor Pacheco, también de menuda estatura, vigilaba desde su escritorio y mandaba llamar a los que llegaban tarde. Temprano, la ida siempre resultaba más rápida y aquella mañana, el trayecto se me hizo en realidad más corto.
—Osito, qué me trajiste —me preguntó Tovar— y sin más ni más se abalanzó a hurgar en mi mochila.
—Deja, deja, que vas a desbaratar mis sándwiches— al abrirla, un huevo cocido rodó entre la fila, donde estábamos ya formados antes de entrar al salón de clase.
—Órale —gritó Ortiz—, aquí al compañero, ya se le cayó un huevo—; todos rompieron a reír: los de delante de la fila, de manera discreta y contenida; los de atrás, a rienda suelta; entonces, Rubio dijo: bolita, bolita y en segundos se organizó un partido que terminó cuando Tovar, tras chutar con fuerza, despanzurró el huevo que se fue a estrellar contra una de las bocinas del aparato de sonido, que por falta de banco estaba depositada en el suelo, anotando un tremendo gol que hizo las veces de sordina ante el enfado manifiesto del señor Fandiño.
—De quién es el huevo —preguntó en tono enérgico— y todos voltearon a mirarme. Yo, nervioso, asentí con la cabeza; en eso, Rubio dijo, —sí, es de Lisandro, pero yo inicié el juego. —Firmes —dijo alzando la voz; luego dio la orden— marchen. Ustedes tres se quedan aquí —exclamó refiriéndose a Tovar, a Rubio y a mí— y, ante la risa de todos los que habían presenciado el efímero partido, nos quedamos en medio del patio.
—Muy bonito, muy bonito, quieren jugar, pues ahora van a jugar de a de veras— e hizo traer de la casa de enfrente, donde vivían los hermanos, tres huevos sin cocer.
—Cada uno coja un huevo y lo ponen delante de ustedes, ahora lo van a rodar por toda la cancha de basquetbol; ay de ustedes al que se le rompa. Comenzó el torneo aquel que duró casi veinte minutos y al final, el huevo que pateaba Tovar, se rompió, el pobre de Enrique se tuvo que agachar al piso y con la lengua levantó, con todo y tierra, la clara y la yema del infortunado blanquillo que quedó esparcido por el suelo.
—Y conste —agregó el señor Fandiño— no los regreso a sus casas, porque ya nos espera el camión para irnos al Deportivo Bahía y, de acuerdo al reglamento, el que se ganaría una amonestación por devolverlos a sus casas sin avisarles a sus padres sería yo y como no quiero molestar a sus padres, pues ellos no iniciaron el jueguito éste y seguramente estarán muy ocupados; por hoy, lo vamos a dejar de ese tamaño.
La mañana estaba resultando muy azarosa: primero la salida siempre precipitada de casa, con el reloj en la mano y prácticamente sin desayunar; el viaje a bordo del camión urbano de pasajeros de la línea Mariscal Sucre, que fácil, ese día, el recorrido había durado casi cuarenta minutos; la espectacular llegada, barriéndose para evadir al Taca antes de que sonara la chicharra y todo para que Tovar echara a rodar el huevo duro y se armara toda una jicotera; lo único bueno en realidad, antes de abordar el autobús escolar que nos conduciría al Bahía, había sido la clase de Civismo y sobre todo, el capítulo de la caverna de los pigmeos albinos. Haciendo un recuento de lo que iba del día, de esas diez primeras horas: seis las había pasado dormido, dos en levantarme, tomar la ducha rápido, parado, echarme un licuado, salir hacia la parada del camión, recorrer la distancia que separaba a la confluencia de la calles de Gabriel Mancera y Miguel Laurent, con la que formaban Insurgentes y Gómez Farías; veinte minutos en el lío de los huevos, una hora en clase de Civismo y veinte minutos más, en organizarnos para abordar el transporte escolar; faltaban quince minutos para dar las diez de la mañana y el sol, tímido, envuelto en una sábana grisácea de bruma, apenas despuntaba entre las copas de los árboles de la avenida Puente de Alvarado, cuando todos, los cuarenta y dos alumnos de Segundo “F”, con el señor Fandiño y el hermano Almeida, a quien habíamos invitado los catequistas, circulábamos entre el bullicio de la ciudad.
—Qué tal estaba el huevo con tierra, escupitajos y hule embarrado de suelas de tenis y zapatos —le dije a Tovar, que aspiraba el aire a través de la ventanilla, para no guacarearse; desde que lamió el piso de la cancha, el asco y las nauseas no lo dejaban; hasta que de plano sacó toda la cabeza por la ventanilla y comenzó a volver el estómago, para desgracia de un ruletero que en su flamante cocodrilo transitaba al lado derecho de nuestro camión.
—Pinche escuincle marrano— gritó indignado, al momento que con una franela roja se limpiaba el brazo y la camisa.
—Qué —le gritó Tovar— ¿quieres camorra?
—Pues bájate, buey —le contestó el ruletero—, que bonitos modales te enseñan en tu casa.
Y así, durante dos cuadras se armó la gresca hasta que el hermano Almeida intervino, cerró la ventana y le ordenó al chofer de nuestro autobús que de favor tomara otra ruta para esquivar al enojado taxista que, además, se le venía cerrando al autobús y podía provocar un choque. Al fin, Gelasio, nuestro chofer, aceleró y dio vuelta a la derecha en la calle de Ponciano Arriaga, para pasar a un lado del monumento a la Revolución; bajando por la calle de Ignacio Ramírez, atravesó el paseo de la Reforma a la altura de la glorieta de Cristóbal Colón; tomó la calle de Morelos, dio vuelta en Versalles, y enfiló hacia la avenida Chapultepec para tomar el rumbo de Fray Servando Teresa de Mier. Siempre que pasaba por la Colonia Juárez, me acordaba de la calle de Londres, donde mi Papá nos había llevado a conocer la casa, de regio estilo porfirista, de su tía Quilina.
Cristóbal Colón, con la mano levantada como apuntando hacia el Nuevo Mundo, lucía incólume, sobrio, fundido en el metal primigenio atisbando a un horizonte más allá de la glorieta del Caballito, donde a la distancia, se divisaba a Carlos IV, montado en su potro de hierro, sin más gloria que la de ser obra del inmortal Tolsá, justo enfrente del edificio de la Lotería Nacional, innovación arquitectónica de los sesenta.
Según nos había relatado en clase de historia el señor Fandiño, esa estatua estuvo colocada en medio del Zócalo, en la Plaza de la Constitución, llamada así porque en ese lugar todos los novohispanos de cierto abolengo juraron lealtad a la Constitución de Cádiz, en el año de 1812, cuando estaba en plena efervescencia el movimiento de Independencia, con Morelos a la cabeza. Colón, flanqueado por cuatro frailes, se encontraba rodeado de hermosos gladiolos, exuberantes dalias y cientos de rosas de todos colores como si las acabaran de pintar y dar un toque de barniz, porque ya entrada la mañana aún destilaban gotas de rocío de sus pétalos. Para donde volteara uno, en aquel bien trazado Paseo de la Reforma, a diestra y siniestra, los camellones se caían de flores. Decían los dichos populares que el Lic. Ernesto P. Uruchurtu, regente de la ciudad, no recordaba adonde había sepultado a su madre y que por ese motivo por dondequiera mandaba sembrar flores; lo cierto es que a la ciudad le venían bien, tanto que se hablaba de México como la ciudad de las flores.
Ese día, Colón se encontraba limpio y sin nada que lo tapara, porque cuando se llegaban los días cercanos al 12 de octubre, amanecía pintado como apache, tapado con un rebozo y canasta de mimbre en el brazo que los grupos y asociaciones pro indígenas, así como los concheros, le ponían como señal de repudio no sólo a su persona, sino a todo lo que significaba el Día de la Raza. En esa glorieta de Colón, resaltaba el edificio de Aeronaves de México, justo en una de las redondeadas esquinas de salida ya a la calle de Morelos; a mí me fascinaba por su pequeño torreón en forma de cúpula, muy al estilo europeo.
Al avanzar con cierta velocidad y conseguir perder al enfurecido cocodrilo, todos le aplaudimos a Gelasio y de inmediato le echamos una porra: chiquitibum a la bin bon ba, chiquitibum a la bin bon ba; a la bío, a la bao, a la bin bon ba, Gelasio, Gelasio, ra, ra, ra. La excursión aquella estaba resultando divertida y, la verdad, algo ajetreada; pareciera como si el aire fresco de media mañana nos hiciera daño. Tovar, ya recuperado, otra vez para su mala suerte, pues no entendía de que lo mejor que podía hacer era quedarse callado, inició un estribillo: al chofer no se le para, al chofer no se le para, al chofer no se le para, . . .no se le para el camión, que todos coreábamos; acto seguido, el estribillo nos costó a todos una buena reprimenda del señor Fandiño, y en especial a Tovar, para quien el regaño llegó acompañado de un fuerte coscorrón, con el grueso anillo que lucía. Para ser el titular de un grupo de segundo de secundaria, de una escuela de lasallistas, nuestro querido maestro resultaba bastante estrafalario para la época, sobre todo por la melena corta, sus anillos y esclava de oro, sus lentes oscuros y su actitud de mirar por encima del hombro como desafiando al mundo; además de profesor normalista, había estudiado la licenciatura en historia y era un consumado espadachín, hasta nos impartía clases de esgrima: Rubio, Tovar, Suárez y yo éramos sus alumnos; en realidad, era un tipo estupendo con el que siempre, a pesar de nuestras constantes travesuras, llegábamos a un entendimiento.
Al pasar junto a Televicentro, Ortiz y Rubio gritaron:
—Aquí se baja el Osito, pues hoy va a ser la atracción con el Tío Herminio.
—Que se baje, que se baje— coreaban todos—; párese, Gelasio, párese— gritaban y aullaban.
—Ándale, Osito, no seas malo, vete a cantar con el Tío Herminio —dijo Tovar—. Bueno, ahora todos vamos a cantar la rúbrica del programa del Tío para que se anime el Osito: Las rejas de Chapultepec, las rejas de Chapultepec, son buenas, son buenas, nomás para usted, están pintadas de rojo, no, no; están pintadas de azul, no, no; están pintadas de verde, sí, sí, las rejas de Chapultepec… Adentro del camión escolar todo era animación, relajo y cantos.
—No, el que debe cantar es Pablito Junior —dije, señalándolo con el dedo— ,él sí es artista de verdad.
—Que cante, que cante, el niño prodigio— gritó Rubio.
—Sí, pero que cante las canciones de Pulgarcito —agregó Tovar, haciendo cara de puchero, porque en esa película, Pablito Junior la hacía de uno de los hermanos de Pulgarcito— ,sí, sí, que las cante, que las cante —a lo que Pablo, todo cohibido, asintió con la cabeza:
—Bueno, si insisten —y sin más, parado en medio del pasillo comenzó a cantar, después del abucheo generalizado; eso era tener tablas y la verdad, todos cantamos de buena gana: Al ánimo, al ánimo, tenemos que estudiar, al ánimo, al ánimo, tendremos que llegar y así, pronto, sin darnos cuenta, el camión dejó atrás las instalaciones de Televicentro, en avenida Chapultepec, pasó debajo de la avenida 20 de Noviembre y, en el tramo cercano a San Pablo, sobre Fray Servando, se armó la jicotera ante la presencia incitadora de las prostitutas callejeras que a pleno sol de la mañana enseñaban casi todo, enfundadas en vestidos diminutos, sin sostén, se pavoneaban llenas de colorete, cabellos teñidos, zapatos de tacón y pechos al aire.
—Mira, mira, qué chicharrón se trae esa —apuntó Suárez.
—¡Órale, compadre!, mira ese viejorrón, qué nalgas, qué chichis y yo tan tiernito
—gritó Tovar para variar—. ¿No te gusta, Osito?, te la regalo, ándale di que sí, di que sí.
—Chofer —continuó alegando— aquí se baja el joven que se va con la pelirroja esa vestida de tigra.
—Ja, ja, será de tigresa, menso.
—Pues de lo que sea, pero a poco no está bien buena la desgraciada, además no ves que anda vestida toda de amarillo con manchas negras. ¡Ay, mamacita! y yo sin desayunar— siguió diciendo, ante el notorio enfado del hermano Almeida.
—Ya cállate, Enrique, por favor, qué va a pensar de nosotros el hermano Almeida.
—Mira, mira, Osito, anímate que ya el semáforo se puso en rojo. Nomás te bajas y le das un pellizco, ah, y le dices: ay, mamacita, qué buena estás, ándale, a lo macho, que si te animas te doy cincuenta pesos.
—¿Cincuenta pesos?, ¿eso te dan para gastar? Debes tener mucha lana para hacer apuestas así, a tontas y a locas.
— No, tú júntate conmigo y verás que te conviene — me dijo.
—Yo sí me animo —terció Suárez—. A lo macho que sí me animo y hasta le cojo las tetas, pero caite con los cincuenta pesos por adelantado. Y ante el descuido del chofer y el cobijo del congestionamiento de tráfico, sin que el hermano Almeida o el señor Fandiño chistaran algo, se bajó como exhalación y fue a plantarle un beso a la chamacona y a darle un pellizco en los pechos; ella, sorprendida e indignada, lo abofeteó con fuerza y le pegó con su bolso.
—Chamaco atrevido, cabrón— alcanzamos a oír todos, que le decía. Y al verla bien de cerca, porque corrió tras él, qué chasco nos llevamos todos; ella resultó ser él, ante la risa generalizada, no sólo de los que viajábamos en el autobús escolar, sino de todos los transeúntes que habían presenciado la escena. En cuanto Suárez alcanzó a subirse, el chofer, confundido, aceleró y puso de por medio entre el exótico y nosotros más de dos cuadras, gracias a que el tránsito se aligeró, pero estaba como camarón el pobre, ante los reclamos del señor Fandiño por haber dejado bajar a Suárez, que se llevó una buena reprimenda acompañada de un levantamiento de patillas y un coscorrón que hasta a mí me dolió.
—Dame mis cincuenta pesos— le exigió Suárez a Tovar, sobándose la cabeza por la coscorroniza y riéndose cínicamente como si nada hubiera pasado.
—Olvídalos —le contestó Tovar— yo se los ofrecí al Osito; a ti, ni quien te pele. Era una broma entre nosotros dos, quién iba a pensar que un tarado como tú se animara a besar un puto—. Todos soltaron la risa: ja, ja, ja. . ..
—Anda, vete a hacer abluciones glúteas y deja de dar lata, como dice el señor Gallegos.
—¿Qué vaya a qué?
—No seas pelado, Tovar, cómo voy a lavarme las nalgas aquí delante de todos ustedes, dijo Alejandro, muerto de risa.
—Óigame, Tovar —terció el hermano Almeida—. Cómo está eso de que se vaya a hacer abluciones glúteas, ¿sabe usted lo que está diciendo? Si no sabe, no diga barbaridades.
—No, señor, si yo no las digo; eso nos dice siempre que nos castiga o nos saca del salón de clases el Señor Gallegos, nuestro maestro de Español: “Tovar, hágame el favor de irse a parar a medio patio a hacer abluciones glúteas y deje de estar jeringando; ala, ala, a medio patio, que lo vea todo el mundo”.
—¿Eso dice el Señor Gallegos?— replicó el hermano Almeida
—Claro, a cada rato nos lo dice, pregúntele al que quiera y verá que no miento.
—Qué barbaridad, esto habrá que investigarlo, verdad señor Fandiño, usted que es el titular —manifestó el hermano Almeida con cierto grado de preocupación—. La palabra ablución significa lavarse; es la acción de lavarse en el sentido de la purificación, lavarse ciertas partes del cuerpo como las manos, por ejemplo para poder celebrar un rito religioso. Eso es una ablución, acto que frecuentemente se realiza dentro de las religiones judía, católica y mahometana. La acción de purificar el cáliz y el hecho de lavarse las manos después de la consagración en la Santa Misa, que todos los días hacen los sacerdotes, es una ablución.
Después de las doctas explicaciones y de haber puesto en mal al pobre del señor Gallegos, todos permanecimos sentados porque distrajo nuestra atención el ruido un gigantesco Boeing 707 de Panam que pasó rozando el techo del camión en que viajábamos camino al aeropuerto.
—Mira, mira, ese que viene detrás y ya mero aterriza es un Comet —aclaró Tovar, que emocionado contemplaba sacando la cabeza por la ventanilla del autobús. En uno de esos viajo dos veces al año a Los Ángeles, California, a visitar a mi mamá.
—¡A los Ángeles¡ —le pregunté extrañado— ¿Tu mamá, no vive aquí, contigo?.
—No —me respondió— mis padres están divorciados desde que yo tenía ocho años.
—Huy, con razón eres tan desmadroso, no hay quien te jale la rienda, tu padre en el trabajo y tú, como chino libre. Bueno, agregué después, apenado por haber externado aquel comentario: también debe ser triste vivir solo; y dándole un pellizco y haciéndole un guiño en señal de camaradería, le di una palmada en la espalda al ver que se le rasaban de lágrimas los ojos. Una sensación de culpa me invadió el resto del trayecto, aunque a las dos cuadras, Enrique había olvidado todo y echaba relajo a diestra y siniestra.
—Suárez, venga para acá —replicó el hermano Almeida en tono solemne—. Siéntese aquí, que usted y yo vamos a platicar largo y tendido.
A partir de ahí, el señor Fandiño se fue parado, en medio del pasillo del autobús, imponiendo respeto y vigilando la de por sí ya relajada disciplina.
—Otro incidente más, jóvenes, y se acaba el paseo —sentenció en tono grave, mientras con la mirada hurgaba en nuestros rostros a ver quién osaba desafiarlo para propinarle un buen coscorrón con su anillo de oro y encendido rubí.
Un silencio absoluto se apoderó del interior del autobús, sólo la voz del hermano Almeida se escuchaba en su decimonónico sermón mientras el camión avanzaba pero al darse cuenta de que todos los pasajeros éramos un solo oído, bajó la voz y hablaba casi en secreto; sólo Tovar y yo, que ocupábamos el asiento contiguo escuchamos la plática, disimulando que íbamos entretenidos en otros menesteres.
—¿Suárez, se siente usted satisfecho de su hazaña? —le cuestionó el hermano Almeida, clavándole la mirada de frente, en tono de sentencia.
—No, si no es para tanto, oiga, cuál hazaña, señor, cuál hazaña, si sólo fue un besito y casi ni se lo pude dar bien porque estaba rete nervioso —le contestó Suárez, tratando de reprimir la risita burlona que denotaban sus ojos y apretaban sus labios—. Cuál hazaña, señor —volvió a preguntar.
—Se le hace poco haberle faltado al respeto a esa persona que para nada lo estaba molestando a usted, simplemente estaba ahí, en la calle, donde todo mundo es libre de hacer lo que le venga en gana, claro está, respetando las reglas de la sociedad.
—Pero si yo sólo le di un besito y le tenté con la mano sus tetas para ver si eran de verdad y resultaron de hule — contestó Alejandro, sosteniéndole la mirada al Hermano.
—No sea cínico, Alejandro, o señor Suárez, o como se llame, por primera vez en la vida compórtese, tenga seriedad; esto no es juego; es serio y muy serio; y deje ya de reírse por dentro, que en una de ésas, hasta la lengua se va a morder— dijo el hermano Almeida, en tono de enfado.
—Pero si ya se lo dije, señor, fue sólo un besito y una tentada de chichis, nada más, fue de relajo porque le gané la apuesta a Tovar; ah, y a todo esto, esas fulanas para eso están, ¿no?, ése es su trabajo —preguntó con cara de ingenuo—. Ay, señor Almeida, ni que me la hubiera cogido delante de todo mundo, ¿no cree?, ¿a poco hice mal? Si sólo fue una apuesta —dijo Suárez, apenas pudiendo contener la risa.
—Cómo es usted cínico, señor Suárez; tan jovencito y tan deschavetado. Apenas se puede creer que me conteste de esa manera.
—¿Y qué quiere que le conteste?: ¿que la regué?, ¿que es pecado?, ¿que me arrepiento? Sale, usted gana, sí, la regué, metí la pata, ¿quiere que me confiese? Lo hago, oiga, pero si lo que usted quiere es hacerme sentir mal, no lo va a lograr, porque simplemente lo que hice es darle un beso y pellizcarle las tetas a un joto, pa acabarla de amolar —replicaba Alejandro Suárez, ya un tanto molesto—. No, si mi tío Federico ya me explicó que esa clase de mujeres existen como un mal social conveniente —agregó— porque si no, imagínese lo que pasaría con tanta jovencita decente y tanto cabrón en la calle. Lo que pasa es que, para usted, todo es pecado, y yo creo que no, que no es pecado y que no hice nada malo, fue sencillamente una travesura, una puntada y con tan mala suerte que ya ve, en lugar de vieja me resultó joto. No se enoje, hermano Almeida, no se enoje —y comenzó a reírse con una risita entre burlona y nerviosa que derivó en llanto.
—Bueno, bueno, ya cálmese, señor Suárez, ya cálmese, le dijo el hermano Almeida; por hoy lo vamos a pasar, pero lo que hizo no estuvo bien. Primero, por haberse bajado del vehículo en movimiento y en medio del tránsito; pudieron atropellarlo y qué cuentas le entregamos a sus padres; segundo, esa persona, invertida sexual o no, es una persona, un ser humano al que debe tratarse con dignidad, que tiene derecho a que se le respete; usted qué sabe la de trabajos por los que habrá pasado en la vida: orfandad, malos tratos, abuso sexual, hambre, qué sé yo, no nos dejemos llevar por el primer impulso, hay que contenerse; y yo, respecto a la opinión de su tío Federico, tendría mis diferencias, pero ya platicaremos de esto en clase; ya cálmese, olvide este penoso incidente que pronto vamos a llegar.
Ya sobre la calzada Ignacio Zaragoza, avistamos el Bahía.
Al descender del camión, nos tomó por sorpresa encontrar ahí estacionados, justo al lado de sitio que le habían asignado al transporte en que viajábamos, dos autobuses escolares del colegio Anglo-Español.
—¿Te imaginas la de escuinclas que va a haber ahí adentro?— me susurró al oído Tovar.
—Pues una que otra— le contesté.
—¡Una que otra!, qué bárbaro, no sabes lo que dices. Son dos camiones, mi buen, dos; deben ser algo así como unas ochenta chavas como mínimo, ¡cómo la ves!
—Claro, algo así como de a dos chavas por piocha, ¿o no?
—Míralo, míralo, muy salsa, ¿no?, ¿a poco te vas a ligar dos chamacas?
—¿Por qué no?
—Ay sí, el Osito tan calladito, tan decente y se va a ligar a dos muchachotas él solito.
—No, pero le haremos la lucha— contesté, siguiéndole la corriente a Tovar.
—Yo no soy chismoso, Osito, pero esto se va a saber— comentó con cara de pícaro; cosa que no le costaba mucho trabajo, escudado tras unos gruesos lentes negros de pasta y dos vidrios de aumento como para ver a las hormigas desde la luna, los cabellos hirsutos y una nariz prominente que asomaba entre dos pómulos salientes y un par de cachetes flacos; todo eso sobresalía de su espigada figura: viéndolo bien, en realidad tenía cara de chiste.
—No, para ver chamacas lindas, yo los invito a conocer a la mujer más bella que hayan visto en su vida —nos dijo Suárez—. A lo macho, ahora que regresemos del paseo, como vamos a llegar a buena hora y no tendremos clases por la tarde, se vienen conmigo, porque mi tío Federico, que es periodista y trabaja en Excélsior, me dijo que como a las seis de la tarde se va a poner buena la onda allá por el Hotel Hilton; bueno, incluso me aseguró que él personalmente nos introduce al vestíbulo del hotel, lo juro, por Dios santito que es cierto.
—¿Y a quién nos va a presentar tu tío, a la Miss Universo?— replicó Tovar.
—No, a una mucho mejor que la Miss Universo; pero ése es mi secreto. Ustedes jalen conmigo que yo sé lo que les conviene.
—¿No nos vas a decir de quién se trata?, qué gacho, mano; ¡órale!, pero si la vieja sale fea te damos pamba, ¿verdad, Osito?— me preguntó Tovar.
—Ah, y hay otra cosa, no se lo digan a nadie porque mi tío me dijo que invitara a dos de mis mejores amigos, nada más, debido a que no será fácil que nos introduzca a ese evento.
—¡Híjole, mano!, cómo la haces de tos, nada más no sea cierto y verás.
—Para que veas, Enrique, que eres mi cuate, yo si te invito y no te guardo rencor por la coscorroniza que me puso el señor Fandiño y la sermoneada que me dio el hermano Almeida, para que ni siquiera me pagaras los cincuenta pesos.
—No, eso te pasa por atrevido y por haberle faltado al respeto al señorito ese, dijo Tovar, soltando una sonora carcajada que despertó las sospechas del señor Fandiño.
—Jóvenes, ustedes tres, los de siempre, Dios los crea y ellos se juntan, qué estarán tramando, qué estarán tramando; vénganse para acá mejor, no se me rezaguen, que a la hora de la entrada les pasaré lista para luego hacer cuentas con el encargado de la taquilla— nos dijo el señor Fandiño, un tanto escéptico, por no saber qué tramábamos.
—Ah, y les quiero hacer una advertencia a todos —agregó— ya que hemos visto que encontraremos a las jovencitas del Anglo-Español adentro: cuiden su comportamiento, sus modales, su vocabulario, acuérdense de que traemos la representación del colegio, además de que cada uno de ustedes debe demostrar la educación que les han dado en su casa sus padres. Mucho cuidado, jóvenes, la advertencia es en serio; por otro lado, ni crean que estas niñas han venido solas, seguramente vendrán con ellas tres o cuatro madres, digo, religiosas— corrigió.
Comenzamos a entrar y uno por uno fue pasando por la puerta de tubos que giraba como rehilete. Ya adentro, Suárez nos hizo una última advertencia de no revelarle a nadie la invitación que nos había hecho; pero, qué íbamos a revelar, si no sabíamos nada, sólo que nos había invitado al vestíbulo del Hotel Hilton a las cinco de la tarde.
—Como quedamos de antemano, jóvenes, los que no trajeron permiso de nadar se van con el hermano Almeida a los campos de fútbol; los que van a nadar, vénganse conmigo hacia el área de vestidores— insistió nuestro titular. Hechas las advertencias de rigor, comenzamos a caminar y cada quien se enfiló a donde iba.
Alrededor del área de albercas, impecablemente pintados de azul y blanco con varias plecas a manera de olas, los vestidores eran esbeltas casetas de madera muy de los años cincuenta, con cabina sólo para una persona y se agrupaban a todo lo largo del perímetro de la alberca olímpica, curiosamente circundada por un seto de arbustos que tomaban forma de animales. A un lado, alineada de manera rectangular, se encontraban una alberca más pequeña y los chapoteaderos. Desde ahí, los volcanes sobresalían en el paisaje cuajado de nubes en lontananza, mientras el sur limpiaba la atmósfera de bruma, dejando caer a plomo los rayos de la mañana, ya de salida hacia el mediodía: iban a dar las doce y la excursión comenzaba después de hora y media de camino.
—Oye —le pregunté a un empleado del balneario—, las muchachas que venían en los camiones del Anglo-Español, estacionados allá afuera, ¿dónde están?
—Creo que se fueron hacia las canchas de futbol y basquetbol porque están ensayando una tabla gimnástica.
—¿Estás seguro?
—Sí, claro, yo mismo les ayudé a cargar una caja con mancuernas y bastones blancos.
—Gracias, mano, por tu información; se te agradece.
Me quedé pensativo un buen rato, hasta que decidí entrar en el vestidor y cambiarme. Tovar, Rubio y Suárez, ya en traje de baño, me aguardaban con impaciencia y me conminaban a apurarme.
—Apúrate, Osito. Se nos hace tarde y no queremos que se nuble porque nos va a dar frío; tú, como buen plantígrado, seguramente no pasarás frío —comentó Tovar; y comenzaron a hacer ejercicios calisténicos en lo que salía.