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Dos monedas por tus sueños


Por Fernando de la Luz

 

En el Bahía

No lo podía creer pero lo estaba viendo y no estaba dispuesto a compartirlo con nadie sobre todo cabiendo la posibilidad de que pudiera ser ella: a través de la pared de madera, común a los vestidores, un nudo natural de la madera, enjuto y reseco por el tiempo, del tamaño de una moneda de a peso, de esos pesos pesados y bonitos “los morelos”, se había desprendido a manera de un corcho que se zafa y dejaba ver hacia el lado de atrás, hacia los vestidores de damas, todo lo que el ojo descubriera a la corta distancia de un metro según el objeto se acercara o alejara del orificio.

En realidad lo descubrí por accidente en el momento que me ponía el traje de baño al perder el equilibrio parado sobre un pie y tratar de sostenerme de la pared; al descansar la mano sobre el tablón de madera, el nudo se movió de lugar como parte de un rompecabezas y con un pedazo de clavo cuidadosamente lo hice a un lado. El orificio me quedó a la altura del vientre bajo donde la hendidura del ombligo se iluminaba con los rayos de luz que se filtraban por las miles de ranuras de la madera y según se movía se podía ver el inicio del delicado triángulo del vello púbico. Al hacerse de lado, las nalgas, en su curvilíneo y delicado trazo, hicieron su aparición y al agacharse para meter las piernas en la abertura del traje de baño, los pechos, turgentes y de pezones sonrosados quedaron al descubierto palpitando al compás de una respiración que tenía prisa. Todo estaba en su lugar, apretadito, bien puesto, lleno de suaves y aterciopeladas redondeces que se antojaban tocar como un lugar sagrado que nadie había osado profanar. Se veían tan delicadas y frágiles aquellas hermosas formas redondas, tiernitas y al mismo tiempo tan apetecibles que me inspiraron sentimientos encontrados: deseaba abalanzarme sobre ellas y sentir su piel junto a la mía, olerlas con mil sentidos y a la vez tenía la sensación de que lo que estaba sucediendo era irreal, producto de mi imaginación, era algo así, me decía a mí mismo, como una película que se había suspendido en el tiempo y que sólo debía contemplarla en el extasío de su desnudez perfecta ; según se acercara o alejara del orificio la visión era completa o de tres cuartos y me dejaban sin respiración, además de que yo trataba de contenerla para no delatarme. Me mantuve así algunos minutos, no sé si fue uno o dos, pero a mí se me hizo una eternidad y sudaba entre mi exitación placentera y los gritos desaforados de Tovar y compañía que me conminaban a salir. Ahí adentro, con esa vista, se estaba bien, mejor que el cine, porque ahí, además de la tercera dimensión se percibía un suave aroma a piel fresca, una fragancia hasta entonces, para mí, desconocida. Al terminarse de vestir dejó la puerta entreabierta y advertí el color naranja del traje de baño y esperé a que cerrara la puerta para no hacer el menor ruido. Con cuidado, coloqué otra vez en su lugar el pedazo de madera seco impregnado de pintura de aceite color agua marina. Nadie debería saber mi secreto y nunca nadie lo supo, porque ni yo, en mi nerviosismo, supe de quien se trataba, pues el traje de baño naranja era el reglamentario en el ballet acuático de todas las alumnas. Aquella visión privilegiada que me dejó una secuela de sueños eróticos y que retardó mi estancia en el vestidor a la hora de la salida de manera infructuosa, porque hasta después supe que las alumnas del Anglo se habían ido antes que nosotros, nunca dejó al descubierto la cara, como malicioso juego donde estaba permitido a discreción, quitar y poner el rostro deseado.

—Híjole, mano, cómo tardaste, pues qué estabas haciendo, ¿necesitas tanto tiempo para ponerte un simple calzón de baño?
—me interpeló Enrique a manera de reclamo.

—Nada, lo que todos, poniéndome el calzón de baño.

—¡Y para eso necesitas más de diez minutos! —agregó Suárez.

—No, a mí se me hace que el osito se estaba haciendo una chaquetita plantígrada, con eso de que se quedó emocionado con el joto al que le pellizcaste las chichis, —dijo Enrique poniendo cara de hombre de mundo y agregó:—díganmelo a mí, si no sabré que soy gente de experiencia. Y todos celebramos la parsimonia que adoptaba y el tono doctoral con que imponía su criterio.

—¿Habría visto algo a través de las rendijas de la madera? —me inquietó. No creo, me respondí tratando de darme seguridad y comenzamos a correr camino de la alberca.

—Vieja el que llegue al último —grité— y dando largas zancadas, los dejé atrás.

El agua, templada y cristalina, me supo a cloro y un olor excesivo a desinfectante inundaba el ambiente. Encarrerado, con una tradicional flecha me zambullí en la alberca que para mí solo resultó en verdad grande y nadé con denuedo para alcanzar la orilla y salir de la zona profunda, pues me había introducido justo en el área de clavados. No hacía frío y el sol, reflejado en el agua bulliciosa que salpicábamos al nadar, se reflejaba en cada una de las pequeñas olas a manera de centelleantes luces de bengala; aquello era increíble, estar ahí, a esa hora en lugar de estar en el salón de clases, era realmente placentero. El esfuerzo me agotó y el artístico nado de crol se convirtió en el clásico nado de perrito que no perseguía más que llegar a la orilla. Nunca había entrado a una alberca a 2, 200 metros sobre el nivel del mar, en verdad no era lo mismo nadar en la ciudad de México, el cansancio lo decía todo, porque no era por falta de práctica pues nadaba todos los fines de semana en Cuernavaca, Tehuixtla, Cuautla o Las Estacas, según decidían mis padres. Esto era diferente y de entrada me desconcertó un poco por lo que decidí, después de hacer unos buzos para normalizar mi respiración, permanecer un rato flotando boca arriba haciendo el tradicional muertito, dejando volar la imaginación al contemplar el cielo azul de la mañana donde las nubes se desprendían a girones formando caprichosas figuras por el viento que las movía.

Una y otra vez repasé las escenas del vestidor al flotar a la deriva tratando de recrear algún rostro que embonara en ese complicado rompecabezas adonde el cuello y algunos cabellos sueltos que caían sobre la cara, habían sido lo único que pude ver del cuerpo de aquella bella mujer. Ni un lunar, ni una cicatriz o algo que pudiera descubrir con el tiempo lo que había visto, ni el color del cabello me decía nada, pues echado hacia delante en la penumbra de aquella reducida caseta, sus tonalidades variaban de castaño a negro y con el cabello largo, encajaban más de veinte chamacas que cualquiera podía ser. En realidad, me decía a mí mismo, sólo pude ver un poco más que el torso; hacia arriba, hasta el cuello y los hombros y hacia abajo, hasta los muslos y cada rostro, podía encajar a voluntad en aquellas formas perfectas de mujer que despedían sensualidad e inventaban y reinventaban mi inexperta sexualidad. Era algo así como la Venus de Milo que aparecía en los libros de arte y en las enciclopedias pero con vida, a todo color, en movimiento y con un suave aroma que la pared de madera y el olor de la pintura de aceite expuesta al sol desvanecía para siempre.

Su tupido y fino vello púbico se difuminaba en el bajo vientre enmarcado entre los muslos y se movía al influjo de la respiración que atrapaban sus pechos, como blancos montículos coronados de cerezas. Todo palpitaba a un mismo ritmo y las carnes firmes redondeadas por las miles de circunferencias le daban a la piel una apariencia lozana que la hacía apetecible. La impotencia de no haber podido traspasar aquellos burdos tablones con mis propias manos y haberme apoderado de aquel cuerpo que se me ofrecía inmaculado daba rienda suelta a mi creatividad y ensayaba con uno y con otro a ver cual de los rostros era el que más encajaba y la sensualidad de aquella presencia erótica acentuaba mis confundidos deseos que se manifestaban en el permanente estado de erección de mi pene y la inflamación de mis tetillas que, al roce con las paredes de la alberca experimentaban una sensación placentera que me recorría entero. Por más que buscaba distraer mi atención de aquella fijación sólo conseguía excitarme más hasta que las escurridizas manos de Tovar, salidas del fondo de la piscina con cientos de cosquillas me hicieron reaccionar, tragar agua y nadar con rapidez para alcanzar la escalerilla de metal y asirme a ella con fuerza, tomar resuello y seguirles el juego a mis amigos, pues en la parte baja de la alberca ya había dado inicio la competencia de caballazos que consistía en la lucha cuerpo a cuerpo de dos jinetes montados sobre uno de sus compañeros: uno era el jinete, el otro el caballo y quien perdiera, pagaba los refrescos.

—Tú vas a ser mi caballo, Osito —gritó Tovar, tratando de alcanzarme, al momento que me deslizaba hacia el otro lado de la alberca y sobre los peldaños de la escalerilla de aluminio, sacando tres cuartas partes de mi cuerpo del agua, embelesado, me quedé mirando una por una a las integrantes del equipo de ballet acuático que posaban en grupo para la fotografía de la memoria de fin de cursos, teniendo como fondo a los volcanes en aquel esplendoroso y soleado día. Así, de pronto, todas juntas, era difícil distinguirlas porque todas lucían hermosas, de líneas suaves y firmes formas y, sin la posibilidad de contemplar sus cabellos ocultos tras las gorras de baño, mi visión se hacía irreconocible. Cómo adivinar quién era, de quién se trataba, imposible, realmente era eso, una adivinanza matizada de intuición nada más; en aquel conjunto maravilloso de amazonas, todas podían ser. Al terminar de posar para la foto, bajo la fiera y vigilante mirada de las monjas que nos veían como intrusos, se metieron al agua bajo la dirección de su maestro y al influjo de una música clásica que salía por las bocinas del deportivo, comenzaron a moverse y hacer figuras artísticas en el agua. Nosotros cuatro, Tovar, Suárez, Rubio y yo, hipnotizados, de plano nos salimos de la alberca y nos fuimos a sentar al césped contiguo a la alberca donde se movían cual sirenas las treinta jóvenes integrantes del ballet. Al verlas ahí me recordaron las películas de Esther Willians que desde niño solía ver en el cine en compañía de mi madre, a quien le gustaban mucho; aquellas hermosas chicas eran en realidad toda una revelación que no teníamos contemplado disfrutar esa mañana.

—Cuál de esas treinta será la que vi a través de la pared del vestidor, me cuestionaba; bueno, para el caso da lo mismo —me dije— para qué quiero saber cuál es, la que sea, todas están bellísimas. Pensándolo bien, aquella visión intempestiva, fresca, que me había dejado como luego se dice en la jerga común y corriente: “un buen sabor de boca”, había sido eso, un regalo de la providencia, una experiencia inolvidable, un poema; eso, sí , un poema y qué versos Dios mío. Después de aquel afortunado encuentro y acercamiento con el sexo femenino y al estar observando embelesado ese singular ballet me quedó claro que Neruda era un genio. Quien tuviera la facilidad de palabra de ese magistral poeta, para declarársele a la novia o decirle piropos a una chica guapa —pensaba—. Después de todo, el señor Gallegos, con sus albures y sus dobles sentidos en el manejo del idioma, era un gran profesor y no un mojigato como otros que se asustaban porque nos ponía a leer a Neruda. Sí —me repetía con insistencia, ahora me quedaba claro, aquel cuerpo desnudo, puro, de líneas suaves y amables, era la descripción perfecta del poema de Neruda; parece que lo hubiera escrito pensando en todas las mujeres del mundo y de pronto, sin darme cuenta, comencé a repetir en voz baja, casi balbuceando, el “Poema I” de amor número uno, mientras las chicas se deslizaban por el agua: Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos./ Te pareces al mundo en tu actitud de entrega./ Mi cuerpo de labriego salvaje te socava/ y hace saltar el hijo del fondo de la tierra. . .

—Miren, el Osito, de plano se trastornó, se elevó viendo a las chamacas y ya, hasta habla solo —les comentó Rubio a Tovar y a Suárez, echándose a reír los tres a carcajada abierta—. Ya hasta quiere tener un hijo con la tierra; éste sí que está grave, nomás de tanto ver a las niñas esas del ballet, habla de muslos, del cuerpo de las mujeres, qué bárbaro. Fue tanto el alboroto que armaron y la de señas ferrocarrileras que hacían sin cesar con las manos que llamaron la atención de una monja que a no poca distancia nos veía con ojos de leona.

—Ustedes cuatro, jóvenes ¿me oyen?. Sí, ustedes, no se hagan guajes que bien que me están escuchando: ¿qué hacen ahí sentadotes?, ¿acaso no vinieron con su grupo?, o se incorporan a su grupo o me veré en la necesidad de hablarle al hermano Almeida para que se los lleve. ¿Me oyeron?, insistía la monja con cara de pocos amigos.

—Oiga, ni que el deportivo fuera suyo, qué le pasa, además usted lo ha dicho, estamos aquí sentados, no estamos haciendo alboroto y con mirar, no creo que le hagamos mal a nadie, o ¿sí? —le respondió Suárez en tono vehemente.

—Ah, me reclamas, me retas —aseveró la religiosa.

—No, no le estoy reclamando nada y mucho menos la estoy retando, fíjese, luego así se hacen los chismes.

—Cómo, ahora resulta que soy chismosa.

—No, yo no he dicho eso en ningún momento.

—Bueno, pues entonces qué esperan para irse con sus demás compañeros.

—Oiga —insistió Suárez. A quién le hacemos daño estando aquí sentados, quietos, sin armar ningún alboroto, sólo mirando nada más como el chinito.

—Ay, qué gracioso, mirando como el chinito.

—Bueno, es un decir, usted sabe —le contestó Suárez y de manera irónica le preguntó: ¿oiga, doña, usted nunca fue chamaca?

—Mocoso grosero, ya verás. Ya divisé al hermano Almeida, ya verás, y diciendo esto, atravesó en dirección de las canchas de tenis para hablar con él.

—Ya viste lo que has provocado, Suárez. ¿Por qué te gusta tanto meterte en líos? Imagínate, ya son dos en este día y lo peor es que cuando pasan estas cosas siempre nos agarran a los cuatro compadres juntos —le repliqué un tanto enfadado. Mira que preguntarle a esa monja zapatos de mataculebras si alguna vez fue chamaca, sólo a ti se te ocurre. Sabrá Dios qué argüende va a armar con el hermano Almeida. No hemos salido de una cuando ya estamos metidos en otra.

—Mira, mi buen, si se enojó, allá ella, pinche monja mitotera. Ustedes son testigos de que yo no le falté al respeto y de que no estamos haciendo nada malo, nada más contemplando aquí a las chamacotas, pero en fin, me vale. Mejor vámonos y seguimos jugando a los caballazos. Si el que se salió del agua a ver a las niñas estas fuiste tú; nosotros, por eso nos salimos.

—Ah, sí, ahora resulta que el culpable de todo soy yo. Pero, pensándolo bien, mejor nos vamos a la alberca, porque si el señor Fandiño se enfada, ahora sí nos va a expulsar y mandará llamar a nuestros padres.

—Sí, vámonos y hay que adelantarnos a la monja y platicarle lo sucedido al señor Fandiño; él nos dará la razón; claro, del coscorrón no nos salva nadie —dijo Tovar, convencido de que era lo mejor para desactivar el embrollo.

—Claro —terció Rubio, al señor Fandiño le cuadra mucho eso de que le digamos la verdad de todo, de que sepamos enfrentar una situación por difícil que parezca, además, en realidad la que se puso pesada fue la monjita esa, como si el deportivo fuera de ella y nos quisiéramos robar alguna chamaca.

—Tú sí que estás como el chiste ese de mi general Pérez —dijo Suárez.

—¿Cuál chiste?, tú, le replicamos todos: ahora nos lo cuentas.

—Sí, sí, que lo cuente, que lo cuente —comenzó a canturrear Tovar.

—Mejor no, porque está medio mandado y donde lo oiga una monjita de estas nos excomulgan a todos.

—Ah no, ahora nos lo cuentas a todos —repetimos a coro.

—Bueno, pos ahí les va —dijo Suárez con cara de pícaro. Ahí tienen que iba mi general García. . .

—Bueno, bueno, o era Pérez o García —interrumpí.

— Pues cómo haya sido, tontito, me gritaron todos: no ves que es sólo un chiste. . .

. . .un tren —siguió contando Suárez— y al llegar al poblado de Tetecala, en el estado de Morelos, se subió una señora con su hija que iban para Cuernavaca y la hija estaba rete guapota y bien buena y pues mi general no le quitaba la vista de encima a la muchacha hasta que ya no aguantó y le dijo a su mamá: oiga, señora, de pura casualidad, ¿no rifa usted a su hijita?, porque si la rifa, yo le compro todos lo boletos; ay, qué mi general, cómo será usté, ya vide, ya vide. . .

—¿Ya qué. . .? —interrumpió Tovar.

—Ora, tú, cómo eres menso, pues qué no ves que la señora era de ranchito y así hablaba.

—Bueno, ya acaba de contarlo y no le hagas caso a Tovar, como si él hablara tan bien —le apuramos todos.

—Pues ahí tienen que la pobre señora, toda mortificada y bien roja de la cara, le seguía diciendo: Ay, mi general, a mí se me hace que lo que usté quiere es sacársela; y con una risita nerviosa, siguió diciéndole: usté se la quiere sacar, usté se la quiere sacar; a lo que mi general le contestó: no, yo se la quiero meter.
Ja, ja, ja, echamos todos a reir.

—¿Eso te enseñan en tu casa, mano? Qué pelado de plano, ya ni la friegas, te deberían lavar la boca con jabón de lejía. Míralo, qué guardadito se tenía el chistecito; y ha de tener más, ¿verdad? —le dijo Rubio.

—No y eso que no has oído todo el florido repertorio de chistes de Pepito que se sabe de memoria —dijo Tovar, poniendo cara de pícaro.

—Y a qué vino al caso ese mentado chiste —le repliqué.

—Pues a lo que dijo Rubio sobre robarse una chamaca.

—No, bueno, sí, yo dije eso, pero tratándose de robarse a las chamacas, el interesado es el Osito, pues por ahí anda una que le baila el ojo —insistió Rubio, echándome una mirada maliciosa.

—Qué se traerán éstos —pensé para mí— :verían algo a través de la madera en el vestidor. Lo mejor era cambiar de plática.
—Ya, compórtense —comentó Tovar, porque el señor Fandiño está divisando para acá y luego, luego va a pensar qué maldad estarán haciendo éstos. Mejor vamos a verlo.

—Bueno, y qué esperamos, les dije, al tiempo que nos incorporamos y de sopetón nos metimos al agua, que ahora sí se sentía fría después de un buen rato expuestos al sol. Ya en la alberca, en un área señalada con flotadores, el Señor Fandiño, en compañía de varios compañeros se disponía a iniciar un partido de waterpolo y al vernos nos hizo señas de que nos acercáramos, pues hacían falta jugadores.

—Ya viste, mano, ya nos vio y nos está llamando: ¿no le irían con el chisme de la monja? —comentó Rubio en tono de preocupación; y agregó: pa mí que ya le fueron con el chisme y ahorita mismo o nos corre o nos coscorronea.

Los cuatro, armándonos de valor, decidimos dirigirnos hasta donde se encontraba nuestro titular dispuestos a exponerle el problema. Si se enojaba, ni modo y si lo agarrábamos de buenas, a lo mejor ni nos decía nada. Mientras lentamente nos encaminábamos hacia él, cogidos de la pared de la alberca, pensaba, en cuanto se lo digamos nos regañará y segurito que nos dirá: “son unas bestias peludas jóvenes, son una basca” y de inmediato nos dará en la cabeza con el maldito anillo, si es que no se le ocurre levantarnos de las patillas como era su costumbre, me dije. Antes de llegar, Suárez, que se había quedado en la retaguardia y no cesaba de seguirle los movimientos a la monja, se dio cuenta de que ésta sólo hizo la finta de que iba a denunciarlos con el hermano Almeida y se había quedado parada platicando con otra persona, sin cruzar hacia las canchas de tenis.

—Momento, momento, alto, querido pueblo —gritó Suárez, no se precipiten, parece que la monjita esta se desistió de su acusación, tal vez sólo quería intimidarnos y provocar que nos fuéramos y vaya que lo logró, no en balde es educadora. No la vayamos a regar en serio y que tal si encontramos al señor Fandiño de malas.
Sí, en realidad, la monja sólo había fingido que nos iba a acusar y funcionó su estrategia.

Qué salvada, pensé. Había sido mejor así y todo volvió a la normalidad. El juego de luchas se reanudó y Rubio y yo la hicimos de caballos mientras Suárez y Tovar cabalgaban en nuestras espaldas; ya habría tiempo para buscar a Leticia e indagar de quién pudiera ser aquel hermoso cuerpo que no cesaba de rondar por mi cabeza. Gracias a Dios que, con el conato de bronca con la monjita, se me pasó la calentura.

Terminado el partido de waterpolo y las luchas de caballazos, el Señor Fandiño dispuso que era buena hora para comer y estuvo de acuerdo en que cada quien comiera donde se le antojara, claro está, dentro de las instalaciones del deportivo. Esa era la oportunidad que esperaba me dije y sin pensarlo dos veces salí del agua como exhalación, me sequé, me puse una sudadera y cogiendo mi mochila con mi ya de por sí mermada provisión, ya sin ningún huevo cocido, me fui hacia el área de canchas de juego, sólo me detuve un momento en la tienda a comprar un refresco y luego pensé que era mejor comprar dos refrescos, por si acaso.

El sol caía a plomo y el aire se había llevado las nubes al pie de los volcanes, que entre la calina y el polvo del vaso del lago de Texcoco no se divisaban más. Al caminar rumbo a las canchas, me percaté de que mi reloj se había quedado en el vestidor y, a ciencia cierta, no sabía qué hora del día era; por la leve y distorsionada sombra que mi cuerpo dejaba sobre el suelo me imaginé que serían alrededor de la una o una y media de la tarde, por lo que deduje que si el regreso estaba programado para las tres de la tarde, aún tenía tiempo de echar un vistazo por allí, a ver si de casualidad encontraba a Leticia y me hacía el aparecido; en eso estaba cuando el sorprendido fui yo, al toparme con ella a bocajarro, quien vistiendo una batita azul marino sobre su también azul traje de baño me soreía y con la mano extendida me ofrecía un pedazo de trenza enmielada que venía comiendo. Estaba sola, sin amigas o compañeras y lucía radiante reflejando en su cabello todos los destellos de luz que aquella tarde soleada era capaz de producir. Las diminutas pecas sobre la nariz y sus mejillas delataban una asoleada considerable durante la mañana y el verde esmeralda de sus ojos resaltaba sobre su bronceado rostro.

—Hola, qué haces tú aquí, ¿no gustas? —me decía mientras sonreía con la mirada y con su mano derecha cortaba un pedazo de trenza, que yo no desprecié, por supuesto.

—Claro que quiero, pero ahora sí que el sorprendido fui yo y eso que me disponía a buscarte porque desde que llegamos y vi los camiones del Anglo Español tuve la corazonada de que andabas por aquí y de que te iba a encontrar; en el acto, tomé el pedazo de trenza.

—Gracias —le contesté—, está buenísima— por espacio de unos instantes nos miramos fijamente a los ojos hasta que, turbado, bajé la mirada y empecé a comerme la trenza.

—Todavía no puedo creer esta casualidad —le dije. Imagínate, tú no sabías que nosotros vendríamos y yo, lo menos pensado que tenía es que te iba a encontrar aquí. Así son las casualidades, porque si lo hubiéramos planeado te aseguro que no saldría como ahora.

—Y a todo esto, a qué vinieron ustedes, porque nosotras vinimos a ensayar el festival acuático de fin de año y te aseguro que las madres no sabían que nos íbamos a encontrar acá un autobús del Cristóbal Colón, porque de haberlo sabido, no venimos; bueno, por lo menos el día de hoy.

—¿Festival acuático? ¿Eso que hacían en la alberca todas vestidas con un traje de baño color naranja, ése es el festival acuático? —pregunté.

—Bueno, festival o ballet, como le quieras llamar, es lo mismo.

—Oye, pero si ustedes en el instituto no tienen alberca y un ballet acuático, me imagino, se debe ensayar diario si quieren que les salga bien, es una cosa de mucha precisión ¿o no?

—Claro, por eso ensayamos dos veces por semana en la alberca de la YMCA de las calles de Humboldt, por el centro, relativamente cerca de la escuela; lo que sucede es que durante dos semanas van a tener competencias de natación y para no perder el tiempo y sobre todo para que no se nos olviden las rutinas, el maestro de educación física decidió, de acuerdo con las madres y nuestros padres, que en esas dos semanas, entrenáramos aquí, pero, ¿y tú, qué haces en el Bahía, entre semana y en hora de clases?

—Pues lo mismo que ustedes, nadando y pasándola bien un rato. ¿Cómo ves?; que chiquito es el mundo. Lo que sucede es que por bien portados nos debían a toda la clase un paseo y hasta ahora nos lo cumplieron.

—Vaya, menos mal que se lo cumplieron, porque a nosotras, por puntos buenos en clase ya nos deben más de dos paseos y nada; claro, con el cuento de que somos niñas, es más difícil salir de paseo pues no todos los padres de familia están de acuerdo y mucho menos tratándose de ir a un balneario; muchas chicas no saben nadar.

—Sí, lo entiendo —le contesté y por más que quería alargar la charla, las ideas tardaban en llegar y entre que tartamudeaba y por el otro lado quería lucirme, quedar bien, no sabía qué decir y de tanto tragar saliva, en una de esas se me fue chueco y comencé a toser, tanto, que sentí que me ahogaba.

—¿Te sientes bien? —me preguntó.

—Sí, sí, tan sólo es un acceso de tos, se me fue chueca la saliva, pero ya pasó, discúlpame, ya estoy bien. Y al decirlo me sudaban las manos y no acertaba qué más decir.

—¿No quieres un refresco? —dije al fin. Está frío y con este sol te caerá bien.

—Gracias, eres muy amable —me contestó— y estirando su mano lo tomó con cierta timidez y se lo llevó a los labios.

—Hace calor —volví a insistir.

—Sí, mucho —me respondió— y el viento que sopla te pega en la cara como si fuera una arenita muy fina. Haz de cuenta que estamos en la playa —me dijo mientras succionaba el refresco por el popote y me observaba por el rabo del ojo.

—¿Ya te vas? —me preguntó.

—No, vine hacia acá a comprar los refrescos para comer y me dio la corazonada de que te iba a encontrar. No sé por qué, pero desde que vi los camiones del Anglo, presentí que hoy te vería. Te invito a comer —le dije—. Traigo suficiente para los dos y, de postre, unos sándwiches de leche condensada que te vas a chupar los dedos; bueno, más ricos que la trenza que me acabas de obsequiar, y conste que yo los hice.

—No, ¿cómo crees?; y tú, qué tal si no te alcanza; además, vamos a volver a ensayar un número y casi no debo comer, pues ya sabes que es malo entrar al agua con el estómago lleno.

—¿Cual lleno?, si es sólo un sándwich, nada más, anímate —le insistí.

—Sale —me dijo, pero sólo la mitad. ¿No ves que me acabo de comer la trenza?

—Bueno —repliqué, la mitad de la trenza, pues la otra mitad me la convidaste. Y sin más ni más le puse un sándwich en su mano y la invité a que nos sentáramos debajo de una jacaranda enorme que hasta tenía un rodete de mampostería a manera de asiento.

—¿Aquí está bien?, —pregunté y habiendo ella asentido con la cabeza, nos sentamos plácidamente a comer. A lo lejos divisé a Tovar, a Rubio y a Suárez que me hacían señas y muecas a la distancia. Tovar bailaba en un pie y Suárez caminaba como oso mientras Rubio les aplaudía.

Ojalá y a estos bueyes no les de por venir hacia acá porque son capaces de aguarme la función y venir a cantarle a Leticia la balada del oso correlón de los Sinners. No, todo fue una falsa alarma, al final se comportaron y me dejaron solo con ella. Qué alivio, pensé, pues con lo tremendos que son, en un dos por tres hubieran armado todo un borlote. Nada más de imaginarme lo que hacían, porque debido a la distancia no podía escucharlos, me empezó a dar risa.

—¿De qué te ríes? —me preguntó Leticia.

—De aquellos locos, le respondí apuntando con el dedo índice hacia los tres, que al salir de la zona de las albercas, se habían sentado sobre el pasto a comer sus sándwiches.

—Ah, tus amigos, ya los conozco, ¿son algo serio, verdad? Y moviendo la cabeza sonrió.

Al verla tan tranquila, tan natural como siempre, me entró la duda y supuse que Silvia, como ella misma me lo había vaticinado, no había tenido oportunidad de entregarle mi carta y di por descontado el hecho de que la hubiera visto en filas. No, no creo que la haya visto, me decía a mí mismo, porque algo se le habría de notar y ella actuaba como si no supiera nada. Qué hago pensé: ¿me le declaro ahora o aguardo a que Silvia le entregue mi carta?, ¿qué hago, Dios mío, qué hago?, y entré en un predicamento y como siempre que me pongo nervioso comencé a morderme las uñas y a sudar a mares.

—Hace calor, ¿verdad?, —comenté de manera informal tratando de romper el silencio que se hacía entre bocado y bocado y trago de refresco.

—Sí, un poco —me respondió—, pero la mañana está linda, bueno, —corrigió—, ya es mediodía y pasan de la una de la tarde. A propósito —continuó—, el sándwich está riquísimo porque la ensalada de pollo se siente muy fresca y el pollo no está recocido, fíjate, en un platillo tan simple, lo importante que es saberlo hacer, saber realmente de cocina, tu mamá debe ser una gran cocinera.

—Eso ni lo dudes, mi madre es una estupenda cocinera y tratándose de sus hijos, todo lo hace con amor, ¿no crees? —le dije con cierto orgullo. Un día te voy a traer un pedazo de flan o una rebanada de pastel de chocolate para que te chupes los dedos. Cuando yo era un niño —seguí diciendo—, tendría algo así como ocho años, me comí un flan entero: ¿te imaginas lo delicioso que cocina?

—¡ Un flan, tú solo! Mira que eres de buen comer, qué bárbaro, yo, ya no puedo con este sándwich —me respondió con la sonrisa a flor de labios.

Sentada sobre aquella banca de piedra, distendida, con el pelo ensortijado, aún húmedo, me miraba a través de sus tupidas pestañas que enmarcaban el verde aguamarina de sus ojos traspasándome entero, mientras la luz de la tarde matizaba su piel dorada por los días de alberca a pleno sol. Nunca la había visto así antes, meditaba al contemplarla extasiado, era bonita, sí, lo sabía y más que eso: realmente era hermosa. No le faltaba nada, cara, cuerpo, cabellera, porte, ángel; tenía todo y todo lo tenía en su sitio, firme, perfecto y lo lucía con donaire, sin ser para nada presumida. Todo en ella era natural y exhalaba una sencillez que rayaba en humildad.

Sentiría ella algo por mí, me cuestionaba. Pues si sentía la milésima parte de lo que yo sentía por ella, me daba por bien servido. Y de pronto me asaltó una vez más la duda: le entregaría Silvia la carta antes de que ella saliera para el Deportivo, le daría tiempo de entregársela, la vería. Sabría ella algo de mis intenciones. Creía simpatizarle, incluso no serle indiferente, porque de lo contrario no me hablaría como lo hacía. Cierto, ella era amable con todo el mundo, pero mi corazón me decía que yo, significaba algo para ella, lo presentía. Pensé decírselo en ese momento, la tarde se prestaba y su actitud afable lo hacía más fácil; pero, y si me decía que no, si me respondía que lo iba a pensar con detenimiento, qué aún éramos muy jóvenes para ser novios, que era preferible que fuésemos sólo amigos, qué actitud adoptaría yo; me sentiría decepcionado, lo entendería. En realidad, esto del amor resulta complicado, me decía a mí mismo, y al estarla contemplando en el abandono de su hermosura, un sudor helado me recorría entero y la duda me asaltaba constantemente. Era mi primera vez, no sabía cómo, ni si ése era el momento indicado. Una corazonada me decía que sí, y si no resultaba: qué iba a hacer. Tal vez ella pensaría que era un interesado, que el haberle invitado la mitad de mi sándwich había sido a propósito y esta y otras ideas más me asaltaban la cabeza.
Ya sé, pensé: y si le doy un beso y me voy corriendo como en las películas, así nada más: rápido, impulsivo, pero sincero, qué pasaría. No, así no, me podría llevar una buena bofetada de respuesta; claro, pensé también, como en las películas. Cómo hacerle, estaba en una encrucijada y el reloj seguía avanzando y no había nada que me diera la pauta; de pronto, después de varios minutos de silencio, de miradas lánguidas y penetrantes, ella rompió aquel quietismo que me consumía.

—¿En qué piensas?

—Por qué no me preguntas mejor en quién pienso —le respondí armándome de valor, al tiempo que me situaba a su lado, poniéndome en cuclillas. Porque yo, solo pienso en ti desde fines del año pasado cuando te conocí en la kermesse del Anglo —le decía y al hacerlo, un calor me recorría de la cabeza a los pies, no obstante tener las manos heladas—¿Te acuerdas?, eras la encargada del puesto de globos y yo te compré diez y luego te ayudé a vender, por cierto que los vendiste todos en poco tiempo; claro, con esa cara de ángel y esa sonrisa, quién se iba a resistir, nadie, el más gruñón te los hubiera comprado de un jalón. Ese día lucías un jumper de pana color cocoa y una blusa turquesa que hacía juego con tus ojos; ah, por cierto, esa tarde llevabas puestos unos aretes de oro con malaquita en forma de hoja, chiquitos, discretos, que jamás te los he visto puestos otra vez, y te lo digo, no porque yo sea un gran conocedor de alhajas, sino porque es la piedra favorita de mi mamá y la conozco desde niño. Pero en fin, todo esto viene a colación para que te des cuenta de que cuando te digo que desde ese día sólo pienso en ti, es en serio, me sale de lo más profundo de mi ser, ya no puedo callar más este amor que siento por ti: te quiero Leticia, te quiero, créeme, no sé qué haría sin ti, sin tu presencia, por eso quiero pedirte, de manera respetuosa, que aceptes ser mi novia; tal vez éste no sea el lugar y mis palabras no sean las adecuadas, nunca antes me le había declarado a nadie, pero ésa es mi súplica, ojalá y no me consideres cursi, incluso, yo no tenía pensado encontrarte aquí y con Silvia, tu amiga, te dejé una carta donde te declaro mi amor, que me hubiera evitado el ponerme rojo y sudar a cántaros como si hubiera jugado seguido dos partidos de fútbol, porque la mera verdad, no sé de dónde he sacado fuerzas para decírtelo así, de frente y en este momento.

—Yo también te quiero mucho, bobo —me dijo, pasándome su mano por entre mis cabellos. ¿Acaso no te habías dado cuenta? Siempre me has gustado mucho desde aquel día en la kermesse, tan formal, tan amable, en ese momento me enamoré de ti y supe que te podía tener confianza, pero tú nunca te habías atrevido a decirme nada. Todos los días, cuando nos encontrábamos, al verte, sentía un cosquilleo en mi interior y me decía a mí misma, eso debe ser amor, por qué siento así, pero te repito, tú nunca me decías nada, sólo te ponías rojo, rojo y acelerabas el paso.

En ese momento, sin esperármelo, me plantó un beso en la mejilla que me cogió desprevenido y me hizo perder el equilibrio y caer al pasto. —Ya ves —dijo ella riéndose— te quiero tanto, que del beso que te di, te has caído.

En el suelo, sentado sin saber qué hacer o qué decir, enmudecí y sólo acertaba a mirarla sin parpadear, extasiado, como si todo aquello que me estaba sucediendo no fuera real. Estaba feliz, no lo podía creer y, sosteniéndome con una mano, me incorporé y sin pensarlo dos veces, la besé en la frente a lo que ella me sonrió y tomando sus cosas se despidió y me dijo:

—Me voy, ya es hora del entrenamiento y me están llamando; además, hay muchos mirones, ¿no te parece?, será mejor que nos veamos hasta mañana a la salida de clases, después de las dos de la tarde; así, podremos platicar solos y sin que nadie nos vigile, porque ahorita, como ya verás, todo el mundo se enteró, en especial tus amigos, míralos, están muy quietos y calladitos y, de seguro, cuando te reúnas con ellos, te van a preguntar santo y seña.

La vi alejarse con rapidez, casi corriendo y al deslizarse por entre los árboles, con la mano me decía adiós. Me quedé parado, como sembrado en el pasto y aunque el rubor había enrojecido mi rostro, seguía sudando helado. Estaba feliz, sí, pero aún sigo pensando que aquella declaración fue tan inesperada que no la saboreé como lo había imaginado. ¿Decepcionado?, no, un poco aturdido, tal vez, en especial por la presencia distante de las monjas, sus compañeras y mis inseparables amigos: Tovar, Suárez y Rubio, testigos inevitables de una declaración de amor poco usual y a la carrera. En lugar de una flor, como tantas veces lo había pensado y aún más, ensayado, le convidé un refresco y medio sándwich de pollo, qué bárbaro, me cuestionaba. Ya habría tiempo de platicar con calma y hacer las cosas de manera más romántica, pensé en ese momento pero al pasar el tiempo y darle y darle vueltas al asunto, creo que fue lo mejor; no hubiera podido ser de otro modo. Siempre en las películas, me repetía, el marco está dado y las circunstancias no estorban, bueno, al fin y al cabo son películas, ¿verdad?, que tonto soy, o mejor dicho “bobo”, como me dijo ella de cariño por no haberme dado por aludido. Realmente era cierto, tenía cinco meses de conocerla, los mismos que tenía de hacerme el encontradizo y estar en la esquina por donde ella doblaba hacia su casa y rara vez me había animado a hablarle, sólo le enviaba recados con Silvia y me atrevía a platicar con ella durante los ejercicios espirituales para catequistas que los hermanos y las monjas organizaban de manera conjunta; ahí, incluso, trataba de colarme en el grupo de trabajo donde estuviera ella y, rodeados de otros compañeros, nos hablábamos; ocasiones como ésta, en que los dos dialogábamos solos, eran raras, si no es que era la primera.

—Osito, quién te viera, tan modosito y mira, qué aventado, declarándotele a la muchacha y de rodillas: eres bárbaro, mi cuate —me decía Tovar, mientras me palmeaba en la espalda.

—Qué, acaso tenías algún micrófono escondido que estás enterado de todo y hasta dices que me puse de rodillas.

—Bueno, pues a lo que se divisaba desde aquí, qué otra cosa estabas haciendo —me recalcó. La escena era muy clara y hasta la muchacha se te fue encima, ¿o no?, me equivoco o vi de más.

—No, las cosas no son del todo como las imaginas: ni yo estaba de rodillas, ni ella se me echó encima. Ya ves por qué se hacen los chismes. Como ella estaba sentada en la bardita de piedra, yo me puse en cuclillas para estar más cerca y cuando me besó, de la emoción perdí el equilibrio y, zaz, me caí, eso fue todo, nada de que se me echó encima. ¿Te das cuenta de cómo se inventan los cuentos? Al rato, todos van andar diciendo por ahí que se me echó encima y me llenó de besos.

—Y te gustó, Osito —terció Suárez. ¿Te gustó? ¿No sentiste pajaritos y mariposas revoloteando en tu cabeza?

—No, lo que sintió es que se le enderezaba el pajarito —agregó Rubio.

—Ah, dejaras de ser naco —le replicó Tovar. De verdad que eres de mente cochambrosa, cuate. Cómo crees que el Osito, tan decente y recatado, haga esas cosas.

—No, yo no digo eso, es sólo un chascarrillo para que al Osito se le quite lo colorado, porque creo que desde que Leticia lo besó, se le subió el color.

—Lo que sí y eso tú no lo viste porque estabas tan emocionado con tu noviecita que no tenías ni ojos ni oídos para nadie más que no fuera ella —completó Suárez. —era la cara de la monjita esa, la cabrona que nos iba a acusar con el hermano Almeida, tenía la cara desfigurada y hacía muecas y se santiguaba más que una cucaracha de iglesia, o no muchachos, eso todos lo notamos, pobre de Leticia, se le va armar con esa vieja vestida de pingüino. Ja, ja, ja, se rieron todos; y a mí no me quedó más remedio que reírme con ellos.

Qué día, Dios mío, cuando me levanté, ni siquiera imaginaba la de cosas que sucederían y mucho menos lo de encontrarme con Leticia. Ya a bordo del Mariscal Sucre, al avanzar sobre cuadras y cuadras de la elíptica calle de Ámsterdam, en la colonia Hipódromo Condesa, donde según me había platicado mi padre, allá por los años cuarenta había un hipódromo, había pensado escribirle una carta a Leticia y lo intenté varias veces, pero el movimiento del vehículo, los arrancones y enfrenadas continuas, además de los golpes secos que provocaban el mal estado de los muelles por la serie de baches de la calle, me estropearon más de cuatro hojas, hasta que decidí escribir sólo cuando el camión estuviera parado y en todo el recorrido, apenas si me quedó la carta, el sobre, que fue el que le di a Silvia, esa mañana, lo compré en la papelería Teyco y lo adorné con calcomanías de florecitas y estrellas.

Había habido de todo, cosas buenas, situaciones difíciles, encuentros inesperados, regaños, reflexiones, castigos, en fin, para un sólo día y que ni acababa de terminar, en realidad eran muchas cosas. Total, Leticia aún no leía la carta y ya era mi novia, ante el asombro de mis amigos, que no daban crédito a lo que, de lejos, habían presenciado y el paseo, entre sobresaltos, caballazos y un juego de fútbol rápido, estaba a punto de terminar pues en el reloj de Suárez pasaban de las cuatro de la tarde y la mayoría de los compañeros andaban desperdigados por todo el Deportivo, que cobraba vida de nuevo con la llegada de quienes todas las tardes entrenaban fútbol o recibían clases de natación bajo la presencia silente de los volcanes que, al caer del sol, adquirían tonalidades multicolores donde los tonos fríos de la tarde los pintaban de morado.

—Jóvenes, hay que cambiarse rápido, porque el que no esté en el autobús antes de las cinco se queda y ya verán cómo se van a sus casas —nos puntualizó el señor Fandiño. Hay algunos de ustedes que en el permiso de sus padres estipula que pueden irse solos, por su cuenta; pero los que no, apúrense, porque el camión los deja.

Camino a los vestidores me asaltó la duda de nuevo: ¿volvería a ver algo a través de la división de madera? Y si no, no pasaba nada, lo que había visto y la experiencia aquella, sensual, tentadora y única, a mi entender no se repetiría. Esa oportunidad, me dije a mí mismo, fue un garbanzo de a libra. Buenísima, pero nada más, de intentarlo de nuevo, corría el riesgo de aficionarme a andar de inspector de baños o vestidores y me iba a volver de mente cochambrosa; con la masturbada de la mañana era suficiente, porque de seguro, si me asomaba y veía algo, otra vez lo haría de nuevo y la masturbación, no es que fuera mala, como nos lo decía el señor Almeida, pues algo había de gozo y excitación , sino que el hecho real apuntaba a que era solamente una acción mecánica, solitaria, desgastante y hacía del individuo un ser aislado, solitario. La masturbación —nos insistía el hermano Almeida—, no deja nada bueno, es una etapa de su sexualidad que deben superar, para no caer en una fijación; la sexualidad plena, a su debido tiempo, la deben vivir en pareja, dentro del matrimonio, y el noviazgo es la preparación a esa unión, porque el amor es darse, entregarse el uno al otro y la masturbación es todo lo contrario, jóvenes —agregaba con vehemencia—. No, no es que se desgasten o se vayan a enfermar, no les va a pasar nada, pero no es bueno que de ella se haga un hábito, de suyo, es un mal hábito, nos repetía y fue por eso que nos recomendó a todos que leyéramos el libro Amor, Diario de Daniel de Michel Quoist y yo, de hecho, lo leía y releía con frecuencia cada vez que podía.

El hermano Almeida, con suma frecuencia, nos hablaba de las ventajas de la castidad, de la continencia y de que la virginidad era la mayor virtud que debían practicar los jóvenes cristianos.

—Si quieren a sus novias de verdad, respétenlas, ésa es la mayor prueba de amor que les pueden dar, —nos repetía cada ocasión que se tocaba el tema—. No sean de esos muchachos canijos que le andan pidiendo a su novia la prueba de amor con tal de abusar de ellas. Eso —nos insistía— es de gente deleznable, mal nacida, no de un hombre cabal y ustedes, jóvenes deben conducirse de manera adecuada, intachable, acuérdense de que somos seres humanos, hechos a imagen y semejanza de Dios, no animales. Su cuerpo, jóvenes —nos decía levantando el dedo índice e impostando la voz en tono de sentencia, —su cuerpo es templo del Espíritu Santo, no lo profanen—; el consejo resultaba infructuoso y por hacer precisamente lo contrario, los viernes primeros las colas eran interminables para confesarse. Cuando el hermano hacía estas recomendaciones, una risita burlona se dibujaba en los rostros mustios de varios compañeros que constantemente aprovechaban el que se trataran estos temas para echar relajo. En una ocasión, cuando el hermano Almeida hablaba acerca de los inconvenientes de la masturbación, Suárez, con sus clásicas preguntas, alzó la mano y dijo:

—¿Oiga, hermano y las mujeres se masturban?

—Claro —le contestó el hermano Almeida, por supuesto que sí.

—Pero, cómo, con qué pene y todos echaron a reír, golpeando algunos la madera de las paletas de sus escritorios como si fueran tambores.

El hermano Almeida se puso rojo, rojo y dejó que el estruendo se apaciguara, tomó sus cosas del escritorio y ya para salir del salón increpó a Suárez con ojos de rabia.

—¿De qué se ríe Suárez, de qué se ríe?, con ustedes no se pueden abordar algunos aspectos de sexualidad de manera seria, realmente son una calamidad.

—No, hermano, no me río de usted, sino de que Tovar dice que a Juan A. Rosales, no se le para porque a ella ya le bajó su regla. Ja, ja, ja:

—Suárez, acompáñeme a la dirección por favor, con usted no se puede —y cogiéndolo de una oreja lo sacó del salón y se fueron camino de la dirección; menos mal que la hora de clases ya había terminado y sonó la chicharra del timbre para salir a recreo. Ya era clásico, siempre que el hermano Almeida hablaba de sexo se armaba la jicotera; todavía hoy, cuando recuerdo esas faenas, me gana la risa.

Al llegar a los vestidores fui el primero en entrar, ante los reclamos de mis tres amigos y como de rayo enfilé mis ojos al lugar preciso donde por la mañana había hecho aquel exquisito descubrimiento y ¡oh, sorpresa!, del otro lado habían colgado una gruesa mochila que cerró para siempre la posibilidad de aquella visión furtiva. Ni modo, pensé resignado. Lo que se dio jamás volvería a repetirse, aunque el refrán de que es más fácil que vuelva a suceder a que deje de pasar diga lo contrario. Me cambié tan rápido como pude y luego salí a esperar a mis compañeros. Ya afuera, habiéndose cambiado Suárez y Tovar y estando Rubio en el vestidor, abordé a Suárez y le pedí de favor que la invitación que nos había hecho a Tovar y a mí, la hiciera extensiva a Rubio, pues se daría cuenta y además argüí que yo tenía que avisar a mi casa y lo haría precisamente de casa de Rubio, quien vivía a la vuelta de la escuela en San Cosme, casi llegando a Insurgentes.

—Órale, mano, no seas gacho, si no lo invitas a él, yo, de plano no voy, porque fíjate: mis cosas las voy a dejar en su casa y de ahí, a ver qué mentira invento para avisar a mi casa y que no se preocupen. le dije. No pasa nada, Alejandro, ni que en el gentío que probablemente habrá en ese hotel se den cuenta de que en lugar de tres, vayamos cuatro.

—Además, si lo incluyes, él te estará eternamente agradecido y segurito que su mamá, quien es a todo dar, nos invitará a cenar; ándale, no seas egoísta, invítalo y ya verás lo rico que cocina su mamá —le insistía. Yo, ya había delineado mi plan, a mi mamá le hablaría por teléfono y le pediría permiso para que me dejara quedarme a merendar en casa de Rubio, porque, con lo del paseo al Bahía, se me había olvidado por completo que estaba convidado al pastel. Le diría que era sólo una merienda temprano y que los papás de Ramón me acompañarían a que tomara mi camión antes de las ocho de la noche. El plan parecía real y, si mi mamá desconfiaba, yo le pediría a la mamá de Rubio que hablara con ella para que abogara por mí; ellas se conocen, me decía, mientras tramaba mis enredos. Yo tenía la certeza de que si la mamá de Ramón se lo pedía, ella no se iba a negar. Ahora la cuestión se estaba volviendo complicada. Primero tenía que convencer a Alejandro Suárez de que invitara a Rubio y luego ponerme de acuerdo con Rubio, sobre lo qué le íbamos a decir a su mamá para que hablara con la mía y, de paso, dejara ir a Ramón; vaya complicación, me decía mientras me acababa de secar el pelo con una toalla y me pasaba el cepillo.

—Qué dices mano, le atoras —le insistí poniendo cara de súplica.

—Sale, le atoro —me respondió, a ver qué cara pone mi tío cuando lleguemos los cuatro; pero conste, si no es cierto lo de la cena, tú me disparas unos taquitos de machaca en La Tonina.

—¿En La Tonina? Qué te pasa cuate, ¿crees que soy potentado?, no ves que lo que traía ya me lo gasté con los refrescos que le invité a Leticia, sólo traigo para el camión de regreso a mi casa.

—Yo no sé, Osito, en esta vida todo tiene un precio, así que si la mamá de Rubio no nos invita a cenar, tú pagas los tacos y si no traes dinero ahorita, me los debes para mañana a la hora de la comida. ¿Te parece?, qué dices. Anímate, Osito, anímate, me decía riéndose.

—Pues déjame ver si Tovar me presta, él siempre carga su buen fajo de billetes.

—A mí se me hace que lo que me dijiste acerca de la cena esa es puro cuento tuyo, para qué quieres que te preste Tovar, ya te estás curando en salud, como dice mi papá —me reclamó Suárez.

—No, hombre, tú deja todo en mis manos y seguro que nos invitan a cenar, lo del préstamo a Tovar es por si se nos cae el plan —no te preocupes, le dije y dándole una palmada en la espalda, caminamos hacia el camión. Ahora, cumple tu parte del trato e invita a Ramón y hazlo aquí, antes de subirnos al camión para que no se enteren los demás.

El regreso al colegio fue tranquilo y la ruta sin contratiempos; el chofer, escamado por todos los desaguisados de la mañana, optó por una serie de avenidas y calles donde la ciudad, a mitad de la tarde, somnolienta y envuelta en un manto de tolvaneras, descansaba del sopor del mediodía. Circuló por la avenida Zaragoza y, cruzando la vieja estación de ferrocarril de San Lázaro, se perdió por Mixcalco entre calles angostas repletas de vecindades donde los viejos edificios, vencidos por el tiempo y con una gruesa pátina de olvido, albergan, en la planta baja que da a la calle, tendejones, misceláneas, jarcierías, ferreterías, salones de belleza, pequeñas tiendas de bonetería y en alguna que otra esquina, la clásica panadería de barrio y, por la puerta de en medio, enmarcada en grandes rejas de hierro forjado, que da paso a un gran corredor, se divisan, al fondo, los cientos de puertas y ventanas apiladas de los departamentos, que ostentan a manera de galería polícroma de gallardetes, los consabidos tendederos de ropa colgando en hileras de los segundos y terceros pisos.

Haciendo zigzag entre calles y callejones, el camión salió a un costado del Zócalo, justo atrás de Catedral y enfilándose por la calle de Tacuba, continuó por atrás de la Alameda, Puente de Alvarado y cuando nos dimos cuenta, rodeaba ya el monumento de la Revolución, para, cruzando Insurgentes por Gómez Farías, doblaba a la derecha en Sadi Carnot; y llegamos justo media hora después de haber salido del Bahía.

Durante el trayecto, recargado en la ventana con la vista perdida en la calle, los transeúntes y los vehículos desfilaban ante mí como en una película en blanco y negro del cine mudo. La vida languidecía en un transitar monótono y todos corrían de un lado para otro a tomar un taxi, lo mismo daba que fuera un cocodrilo o una cotorra, el problema consistía en hacerle la parada a uno vacío, pues ante los barruntos de lluvia, la tarde se tornó un caos y la ciudad amenazaba desquiciarse. Cuando el camión se escurría por las angostas calles del centro, atrás del templo de la Soledad, una peregrinación de ancianas, con todo y sus estandartes y sus escapularios mayúsculos, que bien podrían servirles de sarape, todas con la cabeza cubierta con mantillas o chalinas negras, ya entrando a la iglesia, llamó mi atención: todas traían una cruz de ceniza en la frente muy bien hecha, como si se la hubieran puesto con un sello de goma; más adelante, al tocarnos un alto en el semáforo, el camión se detuvo en una esquina y las gentes que quedaron justo enfrente de mi ventanilla, todas, mujeres, hombres, jóvenes, niños, todas traían la frente tiznada y al pasar atrás de Catedral, las campanas doblaban en sonoro y hondo quebranto, invitando a la reflexión.

—Oye, qué día de la semana es hoy —le pregunté a Tovar.

—Miércoles, niño, miércoles —me repitió, en qué día vives o que, ya porque te besó la chamaca no te acuerdas ni de la fecha de hoy.

—A mí se me hace que es Miércoles de Ceniza, nada más fíjate todo mundo trae su cruz o su manchón de ceniza en la frente —le dije.

—Pues claro que es Miércoles de Ceniza —agregó Rubio—, lo que pasa es que ustedes con el relajo de la cascarita de los huevos cocidos, a la hora de la entrada, no pusieron atención al mensaje que dio el señor Pacheco, ni de las indicaciones en que mencionó que, a la hora del recreo, el padre Marcelo iba estar en la capilla imponiendo la ceniza.

—Con razón hay tanto tiznado en la calle —concluí.

Al pasar frente al templo que todos conocemos como San Hipólito, adonde se venera a san Judas Tadeo, la verbena era en grande y los puestos de buñuelos con miel de piloncillo, de gorditas de maíz cacahuazintle, de algodones, de churros, plátanos fritos y donas, los comales de molotes y quesadillas, los puestos de elotes y esquites y los carritos de camotes, invadían más de la mitad del arroyo de la calle; al llegar ahí se angostaba el paso y la circulación era por un sólo carril. Con tanto antojo se me hizo agua la boca y ganas no me faltaron de bajarme, aunque después me fuera al colegio a pie, total, en línea recta eran unas cuantas calles, no estaba lejos, hasta pensé decirle al señor Fandiño que si me daba permiso de bajarme y tomar mi camión de regreso a casa a la altura del cine Real Cinema, pero desistí, acordándome de la invitación de Suárez al hotel Hilton.
Ya en el colegio, al bajarnos, Rubio sugirió que por qué no íbamos a la capillita de María Reparadora a tomar la ceniza, antes de ir a su casa: me pareció excelente idea pero no antes, sino después, porque debía hablar a mi casa.

—Mejor vamos a tu casa primero, Ramón, no seas gacho, además, ya de salida al Hotel Hilton, podemos ir a la capilla y de ahí caminar unos metros a Insurgentes a tomar el camión que nos bajaría en la confluencia de Reforma e Insurgentes, justo enfrente de donde se iba a realizar la famosa reunión. Ramón estaba muy contento con la invitación de Alejandro y no reparó en invitarnos a los tres a que dejáramos en su casa las mochilas y a tomar un pequeño refrigerio antes de irnos. Su mamá, toda amabilidad, nos recibió y no hallaba qué ofrecernos: algún refresco, agua de jamaica, sándwiches; en lo que Suárez y Tovar aceptaban un vaso de agua fresca yo, aproveché para avisar a mi casa.

—Hola, mami, te hablo de casa de Ramón Rubio para pedirte permiso de quedarme a merendar porque, figúrate, nos dejaron una tarea de geografía que tenemos que hacer en equipo y él se ofreció a que la hagamos en su casa y como del equipo yo soy el que vive más lejos, me pidieron que me quede; ellos me van a acompañar a tomar el camión y sólo es cosa de dos o tres horas, déjame, mami, ándale, di que sí, di que sí, te prometo llegar luego, además, tú conoces a la mamá de Ramón. Por fin, después de algunos cuestionamientos, el permiso me fue concedido y en ese momento reflexioné sobre el cambio de mis argumentos, qué loco, al vuelo las compongo, me dije, primero había pensado inventar lo del cumpleaños de Ramón, y a la hora de la hora, me salí por la tangente y decidí irme con el cuento del trabajo en equipo, la mera verdad me dio pena involucrar a Ramón así de feo y qué tal si mi mamá me decía: pásamelo para felicitarlo, además, con la mamá de Ramón enfrente, todo se complicó, pero en fin, después de todo salí bien librado y seguía manteniendo la confianza materna incólume.

—Ay, Osito, quién te viera, tan calladito y así de mentiroso, cuál trabajo vamos a hacer, qué bárbaro.

—Y qué quieres que haga, que le diga a mi madre que voy a llegar tarde porque nos vamos de pachanga con un amigo que nos va a presentar unas chavas.

—Qué crees que pasaría —le insistí—; es más, seguiré de mentiroso, porque ahorita le voy a pedir a tu mamá de favor que sea mi cómplice por si las moscas: que tal si mi mamá le llama y le dice que quiere hablar conmigo. No, si vamos a mentir, si ya estamos entrados en gastos como dice el refrán, tu mamá que nos ayude, ¿no te parece? —le cuestioné.

—No, Osito, sí eres grande para inventar cosas —me respondió.

—Oye —le dije a Ramón—: y si le dices a tu mamá que nos eche la mano, que nos siga la corriente con esta mentira piadosa, cómo la ves, anda, dile, dile que no sea malita, que se compadezca de nosotros, pero apúrate porque ya mero es la hora.

—Oye —volví a insistir—, ¿de verdad crees que no se enojará?

—No, hombre, no la conoces, mi mamá es a todo dar —me respondió con certeza y para que no lo dudara, de inmediato me introdujo con ella: —Mami, el Osito quiere hablar contigo. . . bueno, Lisandro, pues, corrigió.

—Sí, dime, en qué te puedo ayudar —me comentó la señora en tono afable y con la sonrisa reflejada en los ojos que le iluminaban toda la cara, irradiando confianza.

—Ahora sí —me dije— me agarró con las manos en la masa y a bocajarro tuve que responderle —no vaya pensar que es algo muy serio, mejor dicho es una tontera de chamacos, lo que pasa, señora, es que yo quería pedirle de favor que si mi mamá le habla preguntando por mí, que usted me haga el grandísimo favor de decirle que fuimos a casa de Enrique Tovar, que vive aquí cerca, por un libro y que usted no tiene el teléfono. Todo esto es y me imagino que Ramón ya se lo explicó, porque Alejandro, nos ha invitado a los tres a la presentación de una modelo u artista, según supongo, al Hotel Hilton y si yo le digo a mi mamá a qué voy, obviamente no me dejaría ir, sobre todo por lo lejos que queda mi casa y también por la hora; es sólo una mentirita piadosa, por favor. ¿No se enoja conmigo?, ¿de veras no se enoja? Y la señora, sonriendo, me dio una palmada en la espalda y me dijo:

—Claro, tú vete tranquilo, o mejor dicho váyanse tranquilos, que no pasa nada.

A mí, un color me subía y otro me bajaba, estaba apenadísimo, en especial porque la señora podría pensar que era yo un reverendo mentiroso, pero ella, muy linda, me entendió. Sobre todo entendió mi doble propósito, al menos en ese momento me lo pareció, de, por un lado, lograr obtener el permiso deseado y, por el otro, la preocupación mía por no mortificar a mi madre. En realidad, el único que tenía problema era yo, pues a Ramón le habían dado permiso; Enrique, no lo necesitaba, si llegaba tarde o temprano a su padre no le importaba: y Alejandro había avisado en casa que iba con su tío Federico.

Ya de salida, Ramón nos recordó que no habíamos cumplido con la tradición de ir a que nos impusieran la ceniza y, si no íbamos en ese momento, las iglesias las cerraban, por tarde a las nueve y nos quedaríamos sin ceniza, así que decidimos, rápido pasar a la capillita que quedaba atravesando la calle.

—A mí —exclamó Alejandro—, que me la pongan juntito al nacimiento del pelo donde no se me note, porque no voy a andar por la calle todo tiznado como si hiciera penitencia. Y todos nos reímos de la ocurrencia.

Al llegar a la capilla, la cola parecía interminable, aunque avanzaba rápido y luego se hizo más ágil porque una monjita se puso a ayudar al padre; de esta manera, la fila se dividió en dos y el tiempo de espera se acortó.

—Alejandro —le dije picándole las costillas a Suárez—, mira bien quién está en la fila que te has formado porque te va a dar mucho gusto. Sí, para su mala suerte, la monja que nos había regañado por la mañana en el Deportivo era quien auxiliaba al padre, no lo podía creer.

—Me cae —dijo Alejandro, tanta pinche monja que hay en esta ciudad y yo me tengo que encontrar a ésta en un mismo día dos veces, no es posible, Dios mío, dime que no es verdad, que no es cierto. Todo fue tan intempestivo que ya no hubo tiempo de cambiarse de fila, porque además, ésa era la que avanzaba más rápido.

—Ni modo, cuate, ya estaba de Dios que me tocara esta monjita, a lo mejor, hasta nos hacemos amigos— y poniendo cara de mustio se acercó muy compungido a recibir la ceniza. Yo acabé mordiéndome la lengua para no reírme en la fila y, santiguándome a la carrera, salí de prisa a la calle. Casi me orino de la risa al ver la cara de palo de la monja, que nos veía con ojos de pistola.

Ya en San Cosme, camino a Insurgentes a tomar el camión rumbo al Hotel Hilton con los cálidos rayos de sol en la espalda, de ese sol acrisolado que quisiera inundar de fuego la tierra ante su inminente partida, con la prisa que marca el retraso, corríamos a grandes pasos como si con ello apartáramos un lugar de primera fila en el vestíbulo del hotel, cuando en sentido inverso al nuestro, Leticia, en compañía de Silvia y otro grupo de amigas, llevaban prisa en dirección de la capilla de María Reparadora.

—¿La conozco, señorita, nos hemos visto en alguna otra parte? —le dije a vuelo de pájaro, casi corriendo a su encuentro.

—Yo, a usted —me respondió, déjeme ver, déjeme ver, me parece que sí, pero no nos han presentado, o sí, y riendo en forma espontánea me preguntó —adónde vas con ese terceto de vagos tan apurados.

—¡Adónde!, créeme que ni yo sé con certeza —le respondí—, según nos dijo, Alejandro Suárez vamos a una entrevista de prensa de una persona muy importante, ¡ah! y por cierto, según nos dijo también, muy guapa.

—Vaya, ustedes sí que no pierden el tiempo.

—¿Te veré mañana, como quedamos?

—Claro, un trato es un trato y así lo acordamos ¿o no? —me respondió con una amplia sonrisa sin dejar de caminar, mientras que sus amigas, adrede, se rezagaban un poco como para dejarnos espacio en la inmensidad de la calle y el ir y venir de las gentes.
—¿Apenas vienen llegando del Deportivo? —pregunté— , pues han tardado bastante, yo pensé que ensayaban duro pero no tanto, estuvieron casi todo el día allá.

—Así es, si queremos que nuestro espectáculo salga bien, así tiene que ser.

—¿Y se puede saber adonde se dirigen con tanta prisa?

—Al mismo lugar de donde tú acabas de salir, pues se te ve la marca en la frente. Y pasándome la mano por la frente, me llené de ceniza los dedos.

—¿A tomar ceniza?

—Sí, figúrate que Sor María de Loreto —me comentó— nuestra titular, se vino antes que nosotras y nos recomendó mucho que pasáramos acá, a la capilla, a tomar ceniza, que ella misma la iba a impartir en compañía del sacerdote, con el cual se había comprometido desde el domingo y ya se le había olvidado.

—Osito, no vamos a llegar y si cierran las puertas del hotel, mi tío ya no nos podrá meter a la rueda de prensa, me dijo Suárez acercándoseme al oído y picándome las costillas. Nos vamos a quedar afuera por tu culpa: ¿me oíste?, volvió a insistir. Yo, sin hacerle mucho caso, corría de espaldas, hacia atrás, para que Leticia no me pasara de largo.

—Osito, estás sordo, no te hagas el buey, ni el interesante, vienes con nosotros o de plano lárgate con las chavas a ver si ellas te invitan a un sitio mejor —me gritó, ya molesto, Suárez y agregó, si quieres ir, allá te esperamos. Yo, seguí trotando de reversa e hice como si no hubiera escuchado nada, sobre todo mi plantígrado apodo, que según yo, Leticia desconocía y que no tenía previsto, a menos que fuera imposible, darlo a conocer por ahora.

—Y por qué la prisa, —insistí— ella, ahí está; a nosotros nos impuso la ceniza y creo que seguirá ahí por algunas horas, pues la gente no deja de llegar; cuando ya parece que la cola ha disminuido, vuelven a salir personas quién sabe de dónde —agregué.

—¿Te puedo acompañar a tomar ceniza? —pregunté sin titubear, y después, si quieres, claro, también te puedo acompañar a tu casa.

—No, no hace falta, porque nosotras venimos en grupo y la mamá de Silvia, que nos está esperando en la capilla, nos llevará a todas en su camioneta, una por una hasta su casa. No te preocupes, te lo agradezco de veras, como si me hubieras acompañado, pero no es necesario. Mejor nos vemos mañana como hemos quedado y entonces, a lo mejor, me puedas acompañar a mi casa. Y haciendo un ademán con la mano se despidió acelerando el paso: te dejo, nos vemos mañana, que se diviertan, ya me contarás y diciendo esto se mezcló entre las gentes. Todavía me quedé parado unos instantes y vi como se alejaba: el cabello le volaba y se descomponía en un caleidoscopio que iluminaban los últimos rayos de un sol magenta que se perdía en la primera tarde calurosa de febrero; la primavera se estaba adelantando.
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